Él era un árbol
Él era un árbol de copa ancha y hojas frescas. En sus ramas anidaban la esperanza y el mañana, y en su tronco corría la savia candente de la pasión. Se erguía altivo entre la floresta extendiendo sus frutos encarnados y aromáticos, y desafiaba a los demás con ínfulas de grandeza e inmortalidad.
Sus raíces, fuertes y prolijas, lo asían a un terreno de extintas glorias y fantasías familiares. El sol coronaba su risa cristalina y el viento peinaba su montaraz verborrea.
Él era un árbol que prometía cobijo y alimento; que se convirtió en casa y oración de los desvalidos; durmiéndolos en otoños prematuros y despertándolos en primaveras incestadas, sin culpa ni cuentas qué rendir.
Cayó una vez la mañana añeja y su sabiduría devino en insania, su porte en miseria y su pasión en inconstancia. Miró hacia abajo y vio sus raíces carcomidas por gusanos de contradicción y cobardía. Quiso volver a erguirse y enseñorear, volver a alardear de su abolengo, de su legado, de su futuro, mas ya no pudo: el tambaleo surgió feroz, nació impío, y en cuest
ión de breves aleteos su gran corpulencia cedió a la cobranza del tiempo y un estruendo arpegió el beso brutal que la madre tierra le dio en su corazón vegetal.
Él era un árbol de vanos sueños y suspiros inconclusos. Su vida fue un canto épico, mera tradición oral; sus verdades sólo eran tales en los barcos de marinos medievales y en el canturreo vespertino de las sirenas.
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