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El misterioso negocio de los retiros espirituales


Ahora que se acerca una de las fechas más memorables para los católicos (un aniversario más de la masacre a Jesucristo), dentro de la preparación espiritual que supone estar listo para vivir un tiempo de reflexión, surgen las “invitaciones” a retiros espirituales. Son generalmente cartas que se envían a candidatos que reúnen los requisitos que exige el perfil católico: asistir a las ceremonias eclesiásticas, llevar una vida moralmente ejemplar y, lo más importante, tener una billetera lo suficientemente comprensiva y dispuesta a aunarse a la causa de la Salvación.

Y si uno acepta participar en uno de estos encuentros (que pueden durar uno, dos o más días), siempre ocurre lo mismo: una serie de actividades en total aislamiento del mundo exterior, destinadas a sugestionar a la persona y hacerla disminuirse al mínimo, de modo que esté lo suficientemente permeable para poder inocularle una gran dosis de sobrenaturalidad y manipulación. Un ejemplo que alguien me contó es que se pide al grupo asistente que reflexione acerca del perdón; que recuerden a una persona de quien recibieron mucho daño en el pasado, alguien por quien sienten mucho rencor permanente. El resultado de este ritual es que todos los presentes se deshacen en llanto y temporalmente “olvidan” las ofensas, llegando a prometer desalojar el espeso odio que mora en sus corazones.

Mas el plato fuerte viene después: aparece un oscuro personaje, que no es ninguno de los sacerdotes conductores del evento (es más, ni siquiera es miembro del clero), para el momento de la imposición de manos e insuflación del Espíritu Santo. Este ser casi mágico pone sus manos sobre la cabeza de cada persona murmurando algún tipo de palabras sacras que pretenden hacer más emotivo el instante. Quienes han experimentado este momento dicen que sienten “algo” queriendo meterse a su cuerpo, y que el rechazo es inmediato; mas este personaje les insta a relajarse y a “no tener temor”, pues es el mismo Dios quien está poseyéndolos. Acto seguido, la persona, en medio de gran llanto y visible delirio, pierde el conocimiento y cae al suelo.

¿Quién es este representante de las Fuerzas del Más Allá que tiene el poder (y el encargo divino) de llenar a los fieles del Espíritu Santo? ¿Por qué no lo hace un sacerdote? ¿Acaso no son ellos los que reciben el don de manos de un representante de Dios en la tierra (obispo o el mismo Papa)? ¿Por qué es que la persona que se somete a este rito ofrece tenaz resistencia si está recibiendo nada menos que el Espíritu de Dios? ¿No sería más lógico sentir total paz y regocijo en ese momento? ¿No será éste el mismo truco de hipnosis que hacía Tony Kamo?

Al final de este relato, pregunté a un asistente al retiro si es que habían visto por ahí a quien los invitó (mediante carta) a participar en el evento. La respuesta es “no; él sólo se dedica a promocionar retiros, no participa en ellos.” Habráse visto tamaño negocio; no tiene nada qué envidiarle a la actividad de bienes raíces o venta de seguros de vida.


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