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Los ojos del historiador


En aquellos años llenos de amores platónicos y silenciosos, yo frecuentaba un mundo de galanes. Ojalá y hoy tuviera acceso a esos cuerpos, rostros y personalidades que me dejaron sin aliento y soñando con historias sin fin, con caballos blancos y reinos mágicos lejanos. De aquella época sólo quedaban rezagos, alguna que otra migaja que poder seguir en un momento de nostalgia; hasta que volví a ver aquellos ojos … los ojos del historiador.

Corrían los recién estrenados años noventa y yo, oruga de huertos oníricos, asistía a mis clases de inglés, como la mayoría de jóvenes con estudios superiores en curso, en un muy prestigioso centro de idiomas. Como ya dije, la recreación visual estaba garantizada, ya fuera en los exteriores o dentro del aula, y fue aquí mismo donde los vi por primera vez: aquellos ojos inolvidables. Eran del color de nuestro cielo serrano y pertenecían a un joven estudiante de historia en la Universidad Católica (dato por confirmar). De talla interesante, contextura promedio, cabello castaño encrispado y un aire de haber acabado de chocar con el estallido inicial del universo, Magallanes, como lo llamaré, tenía esa mirada esquiva de quienes no se buscan problemas en el centro de estudios; su voz era grave, y su hablar pausado, seguramente por el idioma extraño en el que tenía que expresarse en ese entonces.  La influencia europea en sus ojos, cedía generosa al beso andino de sus pronunciados labios, los mismos que el día de hoy se esmeran por entregar datos y opiniones relevantes al saber humano.

Nunca pude establecer un vínculo amical con Magallanes. Su forma de ser furtiva lo hacía coger su maletín de cuero y salir deprisa al final de clase, dejando solamente el recuerdo de su saco de lana agitándose al ritmo de su huida. Todo lo que me quedaba era escribir su nombre en mi cuaderno, y uno que otro poema anhelando Dios sabe qué de él. Sin embargo, años más tarde, ya integrado (yo) en la vida social gay de Lima, lo pude ver muy enamorado de un mozalbillo mientras bailaban una pieza romántica en el pub Hedonism del distrito de Lince. Más recientemente, en una de mis escasas visitas a la capital, me lo encontré en un cine miraflorino, visiblemente impaciente por la demora de algún acompañante.

Mas todos estos recuerdos volvieron a salir a flote cuando, revisando la página web de un diario nacional, encontré su fotografía al lado de un texto de opinión acerca de las elecciones presidenciales. Convertido en todo un historiador, he visto que ha viajado por varios países dando conferencias y presentando libros de su propia autoría. Al principio dudaba de si era él, pero su nombre de navegante europeo del siglo XV me hizo atar cabos: estuvo ahí todo el tiempo, mas los años le han pasado la factura, y me ha sido difícil volver a encontrar esos ojos que me cautivaron la primera vez

Y hoy siento que ahora me corresponde encontrar la manera de construir ese puente que me conduzca a él; ¿para qué? Lo sabré yo. Las puertas de la vida se abren una cada cien años y hay que saber elegir el momento de cruzar por el umbral.

  1. yereac
    mayo 24, 2011 en 11:53 pm

    eres un perro…..amigo escritor….

  2. mayo 25, 2011 en 4:09 am

    me encanta tu manera de escribir y no sabes cuanto te envidio por este don, me dices en privado quien es este hombre tan afascinante?

  3. mayo 25, 2011 en 8:25 am

    Respondiendo a Yereac diré que sí; soy un perro, pero por que soy fiel … fiel a mis principios y a mis instintos, y lo que hago lo hago de manera consciente y lo acepto; en cambio otros, llamándose corderos (y sintiéndose víctimas de las circunstancias) tienen que recurrir al alcohol para liberarse y soltar su largamente escondida trenza.

  4. mayo 26, 2011 en 12:05 pm

    igual que la Virgencita, tienes pluma! (no esa.. sino la del buen escribidor). Quien no ha tenido esas ilusiones platónicas… ahhh recuerdos de facultad hehehe…

  5. mayo 27, 2011 en 1:30 am

    yo aun las tengo a decir la verdad, en mi trabajo ha llegado un nuevo responsable informatico, muy dulce y guapo y me lanza unas miradas… pero yo ya no estoy para esos ajetreos, me he convertido a la religion “monohomica”.

  6. mayo 29, 2011 en 11:28 pm

    Pues las memorias a veces resucitan, pero creo que lo mejor es no perder de cerca el presente. Y es justamente ello lo que me inquieta un poco. Tengo mucho aprecio a mi vida en solitario porque me da mucho. No quisiera perderla, pero a veces no depende de uno, sino del entorno. Espero dar detalles en un próximo artículo.

    Y tú, Piccolino, convertido a la religión ésa que dices, espero que no nos cuentes pronto que sucumbiste a los encantos del encargado de informática o que ya te fuiste a un sauna con él. Espero que sigas los preceptos de tu nueva creencia y prefieras mil zurriagazos antes de quebrar tu fe.

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