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Todos los jueves, todos


Aún recuerdo la noche que me llamaste y me dijiste que me habías comprado un regalo. Me aclaraste que no se trataba de algo demasiado ostentoso ni caro, sino que era algo sencillo, pero que me iba a gustar. Yo te respondí que cualquier cosa que viniera de tus manos sería bienvenida, pues valoraba tu intención al manifestarte a través de un bonito detalle. Cuando esa noche nos vimos después de nuestras respectivas jornadas laborales, extrajiste de tu maletín una bolsa transparente conteniendo dos macetitas con primorosas plantas en miniatura. “¡Son bonsai!”– exclamaste- Te repliqué que la inversión habría sido alta, pues los árboles enanos cuestan una fortuna. Al explicarme tú que no había sido muy alto el precio, pude entender que habías sido víctima de algún embustero que te había dado gato por liebre. En fin, la intención era buena y te agradecí infinitamente el obsequio.

Los arbolitos se quedaron en la mazmorra de tu madre un par de días. No tuve la iniciativa siquiera de sacarlos de su bolsa ni de regarlos. Tuve un ataque de indiferencia, creo; o talvez fue la percepción anticipada de que en pocas horas tendríamos la última pelea de nuestra relación, aquélla que pondría de manifiesto todo tu hartazgo y repudio acumulado hacia mí. En dicho altercado, entre otras cosas, me sacaste en cara que yo había dejado tus arbolitos abandonados y que ni siquiera había cuidado de ellos, ni los había traído a nuestro departamento. Me dijiste que cada vez que los veías en la cocina de tu madre, experimentabas un dolor profundo que ya te sabía a adiós. Poco tiempo después recapacité y los traje a la ya enrarecida atmósfera de nuestro hogar en donde adornan desde entonces la ventana de la cocina con su penacho verde intenso. Te prometí que cuidaría de ellos y que los regaría cada jueves con la ayuda de un bolito rojo que compré especialmente para ese propósito.

Y así como te lo prometí, no ha faltado un solo jueves desde aquella vez, en que yo no tome cuidadosamente las dos plantitas y las rocíe generosamente con el agua del bolito. Es ése talvez el recuerdo más vivo de aquel sentimiento que existió por un tiempo lozano y  finalmente se marchitó por haber sido cortadas sus raíces.

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