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Archive for 31 agosto 2011

¡Adiós a mis queridas vacas!

¡Y llegó el día! Todo lo que empieza tiene que terminar. Aún cuando el viernes me reincorporo oficialmente a mi viejo empleo, hoy 31 de agosto es el término legal de mis vacas … mis queridas vacas, las mismas que no volveré a ver en un año y llegado otro invierno. Sin embargo, este período no se termina con un cúmulo de días estériles, ¡no! Han sido días de gran provecho y crecimiento a nivel personal e intelectual.

Para empezar, he proseguido con mis estudios satisfactoriamente y me he demostrado a mí mismo lo que recomiendo a todo el mundo: el aprendizaje se puede dar en cualquier momento y a cualquier edad, sólo hace falta voluntad, tiempo y un poco de dinero. Lo académico lleva a lo laboral y también me felicito de haber aceptado un nuevo empleo, el mismo que abre una etapa nueva en mi vida y oxigena mi carrera medio asfixiada por los diez años de rutina en mi trabajo de siempre. Este cambio me va a permitir estar menos estresado porque tendré un horario nuevo que tendré que ir alternando en ambos lugares. También me he trazado metas de crecimiento profesional a mediano y largo plazo y espero cumplirlas a cabalidad yendo gradualmente y quemando etapas.

He conocido gente interesante y sentado las bases para establecer amistades sólidas y duraderas, que son lo que me ha faltado todos estos años. Parte de este cambio se lo debo a mi blog, gracias al que he podido contactar con gente nueva y dar a conocer mi personalidad a quienes ya me conocen en otros estratos o de tiempos pasados. En el plano personal, adicionalmente, me di el tiempo de reencontrarme con un amigo a quien di una mano para resolver su intrincada vida y poder ver con un poco de más claridad lo que fue el descubrimiento de su verdadera orientación sexual.

Si bien es cierto, mis vacas se van con un saldo a favor, no puedo dejar de mencionar pequeñas cosas que no pude concretar, como mi viaje a ciudades más al norte (para recibir mi cumpleaños), o la visita a mis padres que seguramente me hubiese traído muchas satisfacciones. Mas siempre digo: “Mejores tiempos están por venir en los que el dinero ya no sea un motivo para dejar de realizar planes”. Y esto será verdad, sin duda, cuando mis vacas estén de vuelta.

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Del maní … ni sus vitaminas

Suele ocurrir que, al contactar con alguien para tener sexo, y al estar en lo mejor de la conversación online previa al encuentro, el chico sale con: “Oye, pero la tengo chiquita, ah” o “¿El tamaño te importa? porque no la tengo muy grande”. A esta altura es ya un poco incómodo cortar la conversación y buscar un mejor partido, porque los “motores” ya están calientes y, mas bien sólo queda cruzar los dedos para que nuestro interlocutor sólo haya estado bromeando o pecando de modesto. Sin embargo, producido el encuentro en vivo y, en la penumbra de la habitación, nuestra experta mano es la primera en comprobar la honestidad del acompañante de turno. ¿Qué nos queda? Seguramente los despechados inmediatamente largarán a su galán por no reunir las “condiciones mínimas”, mas la mayoría creo que sólo nos haremos la firme promesa de no volver a citar a tan desprovisto chingolo. No caeremos aquí en el mega manoseado debate de que si el tamaño importa o no; sólo quiero basarme en un par de experiencias personales que me hicieron perfilar mi preferencia por los penes  bien proporcionados.

Cierta vez, al término de una larga relación sentimental, y luego de no haber experimentado sexo real por casi un año, salí al rodeo nuevamente, teniendo la suerte de conocer a un muchacho afroperuano de talla alta y contextura gruesa. Nos citamos la primera vez en su habitación, y me propinó tal sesión de taladro que me hizo ver fuegos artificiales a pesar de que las luces del cuarto estaban apagadas. Luego de aquella primera vez, reflexioné seriamente si debería continuar frecuentando a este moreno; mi conclusión fue que sí debería, y francamente puedo decir que no me arrepentí de mi decisión. Sin embargo, en mi afán de expandir mi círculo de amistades, contacté a otro muchachito y, aunque digan que las comparaciones son odiosas, este “manicero” no me hizo más que cosquillas a pesar de los esfuerzos y sudor invertidos en la faena.

En otra oportunidad, muchos años más tarde, conocí a otro joven hombre, pero ¡Oh decepción! Su miembro competía en pequeñez con mi dedo meñique. Creo que me puse de mal humor en ese momento y lo que hice fue retenerlo toda la noche hasta que eyaculara por tercera vez; y creo que le hice un gran favor, pues con esas proporciones genitales seguramente no había tenido un orgasmo en lustros. Y así por el estilo he experimentado encuentros con hombres no favorecidos por la naturaleza y, sí, los he descartado para una siguiente vez; poniendo atención sólo a aquéllos que impactan no sólo con el tamaño sino con la manera de maniobrar en la cama, que, valgan verdades, es también importante.

Sé que talvez  he sonado desdeñoso. Me considero buen amigo, ciudadano y profesional con pocos prejuicios hacia la gente; pero si de sexo se trata, yo prefiero a un hombre muy bien dotado, pues todo entra por la vista, antes de entrar por el  … bueno, ya ustedes saben.

El infortunio de Juanita

Hasta donde sé, muchas empleadas domésticas han trabajado en la mazmorra de mi suegra. Leyendas corren de que algunas se alocaron y otras desarrollaron obsesiones incurables, como la de querer envenenar a la familia, o de robar a todo costo el corazón del integrante más joven de la casa, quien, años más tarde llegaría a ser mi novio. Sin embargo, de todas ellas, yo sólo llegué a conocer a las dos últimas. Una que duró sólo unos meses y otra que (talvez) continúa humillada en el autoimpuesto flagelo de servir a semejante vieja tirana. Para efectos de este artículo, llamaremos a la actual chica Juanita, y vale decir que el nombre verdadero es muy parecido, especialmente porque es un diminutivo. Juanita arribó desde un pueblo cercano a donde nació mi suegra, y ello constituyó un plus en su contratación, ya que se tiene la creencia de que todas las personas oriundas de esas tierras y sus alrededores tienen muchas virtudes, como la laboriosidad y la honradez, características que puse seriamente en tela de juicio luego de conocer a la madre de mi ex novio.

La adquisición de Juanita obedeció a que el abuelo de la familia estaba sufriendo de una enfermedad muy grave y hacía falta que una persona se dedicara exclusivamente a él, para prepararle su comida, lavarle su ropa y proveerle de cuanto cuidado fuese requerido. Detectada esta necesidad por parte de mi suegra, ella tuvo la astuta idea de comunicar telefónicamente a cinco de los principales hijos del anciano (tres de ellos residentes en Lima, y dos en La Libertad) la triste realidad que presentaba su padre, por lo tanto, lo mejor iba a ser que ellos contribuyeran mensualmente con una cuota fija para pagar el sueldo de la empleada que se encargaría de los cuidados hasta que el señor falleciera (pues su enfermedad era terminal). Acordada la suma y contratada la persona, los hermanos empezaron a hacer los depósitos mensuales en la cuenta de la señora de la casa, los mismos que ella se encargaba de recoger cada inicio de mes, en forma muy puntual.

La vida era muy fácil con Juanita; ella hacía de todo, mi suegra sólo se encargaba de darle órdenes o criticarla en frente de todos a la hora del almuerzo con comentarios necios (como que si a la comida le faltaba sal, o tenía muy poca, o que si la menestra no estaba bien cocida o que si el fideo estaba demasiado sancochado), cosas que a mi parecer sólo eran ganas de hacerla quedar mal pues para mí la comida estaba bastante aceptable la gran mayoría de veces. Los gritos a la hora de almuerzo ya eran una costumbre en la casa. La pobre Juanita sólo bajaba la mirada mientras la vieja rana vociferaba y vociferaba, para después terminar engullendo hasta el último grano de arroz o fideo de su plato –  “¿No que no le había gustado la comida?” – Pensaba yo.

Por otro lado, Juanita profesaba una religión diferente a la de la familia, razón suficiente para que mi suegra ensañara su cucufatería contra la pobre niña cuando ésta se negaba a beber licor o a participar en las celebraciones en honor a la patrona del pueblo de origen de su ama. Debido a esta filiación de la chica, le llovían los insultos a los programas que ella oía por la radio o a los compañeros de congregación que ella mencionaba a veces en alguna conversación en el comedor o en la sala. No podía ver la vieja ciega que ambas (ella y la chica) adoraban al mismo dios y leían la misma biblia, teniendo en ello más virtud Juanita por ser más asidua a sus reuniones y fiel a sus doctrinas. Fue quién sabe la religión la que la armaba de paciencia para poder soportar el infierno en la tierra que le había tocado vivir en la mazmorra; talvez lo veía como una manera de purificar su alma y limpiar su corazón de pecados.

Un buen día, una inesperada noticia paralizó la vida de todos en la casa: el abuelo se había hecho su chequeo de rutina y los resultados eran los de un hombre sano. La enfermedad había cedido gracias a un tratamiento y ahora los médicos estaban sorprendidos con el milagro. Tras la algarabía general, un pensamiento ensombreció la mirada de mi suegra: Ya no sería justificable la presencia de Juanita ahora que el abuelo estaba nuevamente sano. ¿Quién haría los deberes domésticos y atendería la bodega cuando ella no estuviera en casa o, simplemente quisiera estar tirada a la bartola en su cama? Para suerte y alivio de mi suegra, sus medios hermanos (los hijos del abuelo) acordaron en seguir pagando mensualmente el sueldo de Juanita, pues habían concluido que la enfermedad de su padre sólo había dado una tregua y podía regresar en cualquier momento con mayor fuerza, y llegado ese momento sería muy difícil encontrar a alguien con el buen carácter de esa chica. Por otro lado, mi suegra no perdería al receptáculo de sus humillaciones y podría continuar con su mezquina vida dando órdenes a diestra y siniestra, desparramada en el sofá de su sala.

Estos días me pregunto si  Juanita aún trabajará con la familia del abuelo. ¿Habrá sido capaz de seguir tolerando los gritos e ignominia de mi suegra? Ha pasado por mi mente si en algún momento necesito del apoyo de una chica talentosa en los quehaceres domésticos, contactarme con ella para poder redimirla de aquella tortura y dejar a la deriva esa mazmorra que la oprime y succiona su sangre cada día de su juventud.

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Eres hermoso … es la verdad

agosto 27, 2011 4 comentarios

James Blunt nos cuenta en su éxito “You’re Beautiful” una experiencia que, si nos detenemos a pensar, nos ha pasado más de una vez. El cantante dice en su letra que vio a un ángel entre una multitud, pero de la mano con otra persona, mas, lo más lamentable no es eso, sino que talvez nunca más se vuelvan a ver, pues ese encuentro fue casual y las posibilidades de volver a coincidir son prácticamente nulas.

Algo similar me pasó hoy a mí. Tenía cita con el odontólogo temprano por la mañana. El día no se mostraba motivador: un cielo plomizo cubría la ciudad y el viento traía minúsculas gotitas de agua que me tocaban la cara; ello, menos mal, favoreció mi aletargado estado de alerta, ya que la fiesta que los vecinos hicieron anoche no me dejó dormir sino hasta bien entrada la madrugada. Como hombre precavido y puntual que soy, salí temprano de casa y abordé el vehículo público que me llevaría hasta la urbanización donde queda el consultorio del dentista; pero, a veces, mi precaución me hace llegar demasiado temprano a mis compromisos, y ello me ocurrió esta vez. Llegué veinte minutos antes de mi cita, así que, con la intención de dejar correr el tiempo, me paré en una esquina y, ociosamente, me puse a leer algunos titulares de periódicos … Entonces fue cuando lo vi.

Llegó muy apurado (desde la calle opuesta, supuse) y se agachó un poco a hablar con el dueño del kiosko de periódicos. Su actitud me parecía inusual, pues no era la de un transeúnte que se para a leer las noticias al paso, o menos la de un cliente que, generalmente, sabe lo que viene a comprar y no se detiene a negociar con el periodiquero. Yo trataba curioso de volver a ver su rostro, el mismo que me había impactado hacía un segundo, pero que creía que era un juego de mi imaginación. Sólo atinaba a ver parte de su cabello, su oreja y el resto de su cuerpo. Estratégicamente di unos pasos atrás para tener un mejor ángulo y sí, era hermoso; era muy bello. De piel clara que contrastaba con su cabello, sus ojos expresivos y atentos, y sus mejillas cubiertas de fina barba sin rasurar, probablemente de día anterior. Su ocupación momentánea era la de recibir y contar monedas que le proporcionaba el dueño del negocio; finalmente, impacientísimo, recibió un billete, el cual revisó diestramente para confirmar su autenticidad.

Con la misma premura con la que llegó, lo vi alejarse. Raudo al cruzar la pista, pude ver su buena talla y sus bien formadas nalgas que alternaban el movimiento mientras él corría hasta alcanzar la vereda del frente. Lo seguí con la mirada y noté que entregaba el dinero a un hombre que estaba parado en otro kiosko en dicha vereda. Mi mente trataba de atar cabos acerca de la situación y pasó por mi mente que este hermoso ejemplar, pudiera ser, también expendedor de diarios (hecho que mi mente trataba de negar porque nunca vi un chico tan guapo vendiendo periódicos). Mas fue así – sí, señores – este chico bordeó el stand y entró en él, quedándose apenas visible su rostro desde la penumbra que formaban los diarios y revistas que colgaban de un pequeño cordel.

Me quedé pensando largamente en las cosas del destino. Un chico así no se encuentra en las páginas de búsqueda, ni tampoco en una discoteca, un gimnasio o un sauna; así que talvez tenga que modificar mis hábitos de compra de diarios y forzar un poco la situación para volverlo a ver. ¿O tendrá que ser como la canción cuando dice: “… pero es momento de enfrentar la realidad: yo nunca podré estar contigo”?

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Guardianes de mi corazón

Después de haber intentado una vez más apostar por la felicidad al lado de alguien y haber recibido al final una decepción más (si no la peor), era menester hacer algo por el pedazo de carne achicharrada que me quedó en el pecho. No podía dejarlo más a la intemperie o a merced de cualquier ente carnicero que le pudiera hincar el diente haciéndolo sangrar más, así que resolví construir una muralla inexpugnable alrededor de él y tomar los carísimos servicios de sendos centinelas duchos en el oficio de resguardar objetos de valor; y los resultados obtenidos hasta hoy han sido los esperados.

El primero de los custodios es mi orgullo, quien vigila los exteriores. Encargado de decidir la altura de la muralla: mientras más alta, mejor, así nadie podrá jamás llegar al borde e intentar saltar al interior. Mi suficiencia tiene también bajo su responsabilidad la densidad de la fortaleza, pues el espesor es capaz de impedir la permeabilidad de una palabra cariñosa, promesa o una mirada tierna … todas chocarían contra la inexpugnabilidad y se harían trizas en cualquier intento de conquista.

El segundo vigilante es el recuerdo. Él resguarda los interiores y es quien me habla todos los días acerca del sacrificio invertido en jornadas pasadas y me muestra la factura en lágrimas que he tenido que pagar todo este tiempo. Mis memorias me aconsejan que tenga siempre en cuenta que no sirven de mucho los años o la experiencia, pues siempre el dolor es nuevo y crea anticuerpos que el olvido no sabe destruir.

Ambos celadores trabajan 24 horas al día y han sabido neutralizar todas las posibles amenazas que me han rondado en los últimos meses. Mas tengo un gran temor; mi corazón aún corre peligro, aún puede quedar al descubierto y sufrir un nuevo revés. A pesar de que estos mis fieles vasallos han batallado en sendas guerras y salido victoriosos de muchas de ellas, ellos tienen una adversaria ante la cual son capaces de bajar la cerviz y deponer las armas, pues sienten, en lo más profundo, que son hijos carnales de ella y que le deben su existencia, y, como caballeros leales que son, nunca sacrificarían sus valores de llegar el momento de enfrentarla. Sé que se rendirán al verla llegar, pues es la más terrible de todas … la cruel y fría soledad.

Activo + activo / Pasivo + pasivo. Alguien tiene que ceder

Actualmente es muy fácil obtener la respuesta “versátil” al preguntar a un gay acerca de su opción sexual. En ese caso, las posibilidades de complementación sexual son múltiples, ya que siempre habrá una manera de gozar del sexo si lo que buscamos es una penetración.  El dilema aparece cuando dos gays tienen la misma “inclinación” y para ambos, el jugueteo o el sexo oral no bastarían llegado el momento de la intimidad, pues el coito es un factor imprescindible en su vida sexual. ¿Qué hacer, sobre todo si hay un sentimiento de por medio y este “pequeño” detalle impide el que la unión se consolide? Citaré brevemente unos ejemplos a modo de ilustración de este tema.

Hace un tiempo conocí a alguien que me dijo que tenía una mezcla de dos sentimientos: emoción y preocupación. Emoción porque había conocido al hombre de su vida y pronto se iría a vivir con él. Era la realización completa de su existencia, lo que siempre había buscado; sin embargo, había un pequeño escollo en el camino: ambos eran activos, y ahí radicaba su preocupación. El chico de esta historia me dijo que “se inmolaría” por amor, considerando que era el menor de los dos la relación y que su futuro consorte no daría su brazo a torcer. Además, su pareja era descendiente de japoneses, y existía la creencia de que los nikkeis eran “maniceros” y este aspecto no le causaría tanta molestia a la hora de los encuentros (entiéndase que estos dos aún no habían tenido sexo). Finalmente no supe qué pasó con este “héroe” pues dejó de conectarse a la página en donde nos encontrábamos. Quién sabe el activo se cansó de ser el receptor del japonesito y, finalmente le pidió su “vuelto”, cosa que el otro no aceptó.

El otro caso corre por cuenta de  la casa. Mi último novio era activo, mas yo le aclaré al inicio de la relación que a mí también me gustaba, de cuando en cuando, explorar las entrañas de mi pareja a manera de reconocimiento de terreno. Él mostró preocupación por este punto ya que él había sido siempre activo y no estaba dispuesto a cambiar ese hecho; además, me dijo que al yo tener a un activo “latente” en mí, buscaría la manera de satisfacerme (si no era con él) con alguna otra persona y ello podría ocasionar un caso de infidelidad. En resumidas cuentas, en los dos años que tuvimos de relación, él “aprendió” a hacerme sexo oral y a prometerme que alguna vez – no muy lejana – se dejaría penetrar para satisfacerme. Verdades sean dichas, el romance terminó sin que se cristalizara esta promesa. ¡Qué nostalgia!

Me ha ocurrido también que he conocido pasivos que no están dispuestos a cruzar la frontera de su opción, o que me dicen: “lo siento, yo también soy pasivo, pan con pan no pega, bye”; cosas que considero fuera de toda lógica porque con un poco de ejercicio de actitud se puede llegar a un punto en el que ambos puedan gozar de sus cuerpos sin necesidad de ponerse una etiqueta prohibitiva. ¿Será tan difícil para algunos?

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De sagas, revoluciones y precuelas

¿Cuánto más puede hacer una saga con respecto a una película que se viene “heredando” generación tras generación? Vemos con frecuencia que los héroes ya bien muertos y sepultados vuelven a vivir gracias a ciertos experimentos u otros recursos científicos; mas, si ello no bastara, ahora las famosas “precuelas” nos cuentan los “orígenes” de nuestra historia favorita. Hollywood  no deja ya nada a la imaginación, pues basta que un filme tenga mediano éxito en la taquilla e inmediatamente el negocio echará a andar con toda esta colección de secuelas, precuelas, orígenes, revoluciones, segundas partes, trilogías y generaciones posteriores, borrando, definitivamente (y mientras vivamos) nuestros derecho a hacer puchero cuando veíamos en pantalla negra la otrora triste frase “The End” de las antiguas producciones.

Es así como la exitosa “Planeta de los Simios” que vimos en nuestro televisor en blanco y negro a fines de los setenta (con el recordado beso entre Charlton Heston y la “mona” Zira), ha seguido llenando las salas cinematográficas año tras año presentando evoluciones e involuciones de nuestros parientes primates, trayéndonos este 2011 una nueva teoría de cómo se creó aquella raza de simios inteligentes y poderosos que, como sabemos, llegaría a dominar al género humano.

La estrella de la reciente entrega de esta historia es Caesar, un chimpancé quien, gracias a haber heredado de su madre capacidades de raciocinio casi humanas, se convierte en el líder y libertador de una gran horda de simios (unos inteligentes y otros salvajes) que se rebela contra los humanos. Cabe destacar la acertada actuación de Andy Serkis (quien personificara a Gollum en el Señor de los Anillos) dando vida a este primate caudillo de la revolución de los simios. En su representación, Serkis imprime al personaje esa ambigüedad entre simio y humano, una postura desafiante y una actitud acentuadamente masculina, sobre todo cuando Caesar se yergue para enfrentar a los humanos.

Andy Serkis

Algo criticable a esta cinta es que, en pleno siglo XXI se sigan presentando personajes asexuados en pantalla. Los simios de la historia, a pesar de ser prácticamente humanoides, carecen de sexo, lo cual, de no haber sido así le hubiera dado al filme mucho más realismo y, seguramente, a la vez, una copiosa lluvia de crítica. Es sólo imaginarse a Caesar con ese aplomo de macho luciendo sus muy bien dotados genitales … nos quedaremos con las ganas.

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