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Me lo dijo con los ojitos húmedos de emoción


Tuve hace poco la muy grata experiencia de poder encontrarme y conversar con un amigo a quien no veía tiempo atrás. Fue cosa del destino, pues estaba él de incógnito en la ciudad por un imprevisto que había ocurrido con un familiar suyo en un viaje a la sierra. Repuesto ya del susto, me concedió una cita esa misma noche para poder conversar acerca de nuestras vidas, penas y avatares de los últimos años.

Además de hablar de algunas experiencias del entorno laboral y familiar, nuestra plática se centró en temas sentimentales, mi última empresa amorosa, mi relativamente corta y recuperada independencia, pero, más que nada, hablamos sobre su cuasi extraterrenal relación con su pareja estable, vínculo que lleva ya más de un quinquenio de existencia. Como en alguna oportunidad anterior, mi amigo no se cansó de alabar las cualidades de su consorte, resaltando las virtudes de tolerancia, respeto, devoción y fidelidad.  La vida que lleva junto a Paco no tiene parangón en este planeta; él es, de lejos, su alma gemela, su santo popular, su amuleto de la buena suerte, su elixir de la juventud, su combustible en la carrera y su inestimable boleto para entrar al Reino de los Cielos.

Sin embargo, no perdió, tampoco, la oportunidad de subrayar la carencia de vida sexual de la que adolece su convivencia, aduciendo las causas a la no sincronizada expresión de sus impulsos o a la desaprendida provisión de estímulos sensuales en la intimidad. A pesar de su pericia en la ciencia del cuerpo y la mente, mi amigo no ha sabido (léase “querido”) tomar el toro por las astas y está permitiendo que ese pequeño escollo en su camino vaya, de a pocos, tomando las características de un ciego alud que amenaza con sepultar la próspera cosecha de amor lograda todos estos años. Desoyendo mis consejos, ya planean otra luna de miel en la que seguramente distraerán sus sentidos y preferirán maravillarse con parajes y personajes foráneos, en vez de tomarse unas cortas vacaciones para dar una mirada interior a sus problemas de alcoba. Ya lo oigo, ya lo escucho, al retorno de este nuevo periplo contarme, con los ojitos llenos de lágrimas,  lo bien que la pasaron y lo bien que se portó su bebé, pues, como él no hay dos en esta vida y tiene por qué sentirse feliz de su suerte.

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