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El temible “doctor aceitito”


Mora en la gran capital un galeno cuyo talento con las manos es más que virtuoso. Sus dedos tienen el atributo de danzar sobre la piel de sus pacientes toda vez que aromáticos aceites faciliten el tránsito de estas benditas manos curativas. Ya son muchos los varones que acuden a sus consultas buscando cualquier pretexto para ser tocados; no importa lo insignificante del cuadro clínico que el paciente presente, es siempre única y firme la instrucción del médico: “quítese todo lo de arriba y desabróchese el pantalón” Es entonces que empieza el ritual: un masaje desde la nuca hasta el final de la espalda, con sinuosos atajos en estratégicos puntos donde el médico sabe (por sus estudios orientales) que despertarán la libido del participante. Ni qué decir de lo que esas manos hacen a llegar a los glúteos: enloquecen, oprimen, separan, encuentran y exploran profundidades. Cuando los gemidos empiezan y la piel se pone de gallina, es señal de que la carne ya está en su punto, y es sólo pedir al incauto que se dé vuelta: la mesa está servida.

¿Qué motiva a este médico a ejercer tales prácticas? ¿Es ético, en todo caso, aprovecharse de su condición para liberar sus bajos instintos con los hombres que acuden a sus consultas? ¿Y qué hay de su adorado novio? ¿Es excusa la falta de sexo por tantos años para querer escapar de esa realidad con otros hombres en su consultorio?

Ya pasaron por las manos del doctor “aceitito” (llamado así por su costumbre de untar el cuerpo de sus pacientes con óleos antes del morboso masaje) espectaculares oficiales de marina, abnegados policías, tiernos adolescentes, y generosamente dotados afroperuanos. Todos conocen ya esa palma y yemas que ejercen un poder curativo imposible de revelar a sus esposas o novias por temor a una malinterpretación; es un secreto entre ellos y el médico; es albergar (en lo más recóndito de su ser) el  tesoro  de haber experimentado el elíxir del placer de parte de alguien de su mismo sexo. Es llevar en su mente la pregunta dormida de haber sido objeto de una violación consentida, o el caos que despierta la duda de si un hombre es capaz de experimentar tales sensaciones sin necesidad de ser homosexual. Juzguen ustedes.

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