Inicio > Sociedad > Suegras vemos, cucarachas no sabemos

Suegras vemos, cucarachas no sabemos


Si hay algo por lo que siempre recordaré a mi suegra es por su falta de higiene. Y con ello no me quiero referir solamente a su cuidado personal, sino, también, al descuido con el que vivía en su mazmorra. Parece ser que al estar siempre ella evitando entrar a la cocina (pues para esto tenía contratada una chica) no se daba cuenta de los terribles habitantes que se escondían detrás de la estufa y dentro de los reposteros. Llegada la noche y lavado el servicio usado en la cena, la luz de la cocina se apagaba y era entonces cuando cientos (¿o miles?) de otros habitantes de la casa tomaban posesión del recinto; muchos buscaban alimento, pero algunos seguramente querían dar un paseo debido a las largas horas que pasaban ocultos durante el día.

Era un espectáculo sorprendente y horripilante a la vez. Había algunas veces en que mi suegra pedía un poco de agua caliente o un té para así poder liberar los mortales gases fétidos que le habían ocasionado la comida, y yo, cortés y diligente yerno, me apresuraba a procurarle su infusión a la cocina. Era sólo el encender la mortecina luz amarillenta (de uno de esos focos ahorradores que ya tienen como cien años y tardan como dos horas en alcanzar el punto máximo de iluminación) para que estos bichos enfocaran su atención en mí alzando sus grandes antenas en forma lenta y alternada; los más osados levantaban el vuelo volviéndose una verdadera amenaza a la noble tarea que yo había ido a cumplir. Era una verdadera hazaña salir de esa cocina con la taza de té caliente, pues ni el más diestro domador de circo hubiera podido con tantas bestias a la vez.

En reiteradas oportunidades hice alguna observación discreta acerca de la importancia de mantener la cocina libre de esos parásitos, pues de nada servía el esmerarse en dejar platos, tazas y cucharas limpias al final del día, si una vez que las tinieblas se enseñoreaban sobre la cocina, una legión de esos insectos caminaba, se reproducía y hacía sus necesidades sobre toda la vajilla. Uno de los aspectos más repulsivos era ver cómo algunos de estos especímenes se las habían ingeniado para entrar en la puerta del microondas, es decir, en el espacio que queda entre las dos plataformas que cierran este artefacto. Era un espectáculo nauseabundo ver cómo al encender el aparato, se veían a trasluz caminar sin ningún tipo de pudor, hasta llegar al punto de cambiar de piel (¿o parir?) ante mis ojos atónitos. Mi sugerencia de fumigar todo el espacio encontraba resistencia en el argumento de que ahí se cocinaba y que podrían “contaminarse los alimentos” (¿¡Ah!?).

Sin embargo, al igual que en los mejores cuentos de hadas, el bien triunfa sobre el mal y, un buen día, mi suegra me hizo caso e hizo una limpieza profunda en la pieza, desalojando también sendas familias de roedores que habían acompañado a la familia por generaciones. A pesar de ello, y sobre todo porque ya no tengo acceso a ese hogar, me pregunto si habrán podido erradicar a los ejemplares del horno microondas; me imagino que no. Seguramente que siguen dando su repulsivo espectáculo cada vez que la empleada calienta los platos de comida para servir la cena. Provecho, suegrita.

  1. play
    marzo 16, 2013 en 12:40 am

    jajaajaja, qe buena, suegra cochina!

  1. No trackbacks yet.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: