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El infortunio de Juanita


Hasta donde sé, muchas empleadas domésticas han trabajado en la mazmorra de mi suegra. Leyendas corren de que algunas se alocaron y otras desarrollaron obsesiones incurables, como la de querer envenenar a la familia, o de robar a todo costo el corazón del integrante más joven de la casa, quien, años más tarde llegaría a ser mi novio. Sin embargo, de todas ellas, yo sólo llegué a conocer a las dos últimas. Una que duró sólo unos meses y otra que (talvez) continúa humillada en el autoimpuesto flagelo de servir a semejante vieja tirana. Para efectos de este artículo, llamaremos a la actual chica Juanita, y vale decir que el nombre verdadero es muy parecido, especialmente porque es un diminutivo. Juanita arribó desde un pueblo cercano a donde nació mi suegra, y ello constituyó un plus en su contratación, ya que se tiene la creencia de que todas las personas oriundas de esas tierras y sus alrededores tienen muchas virtudes, como la laboriosidad y la honradez, características que puse seriamente en tela de juicio luego de conocer a la madre de mi ex novio.

La adquisición de Juanita obedeció a que el abuelo de la familia estaba sufriendo de una enfermedad muy grave y hacía falta que una persona se dedicara exclusivamente a él, para prepararle su comida, lavarle su ropa y proveerle de cuanto cuidado fuese requerido. Detectada esta necesidad por parte de mi suegra, ella tuvo la astuta idea de comunicar telefónicamente a cinco de los principales hijos del anciano (tres de ellos residentes en Lima, y dos en La Libertad) la triste realidad que presentaba su padre, por lo tanto, lo mejor iba a ser que ellos contribuyeran mensualmente con una cuota fija para pagar el sueldo de la empleada que se encargaría de los cuidados hasta que el señor falleciera (pues su enfermedad era terminal). Acordada la suma y contratada la persona, los hermanos empezaron a hacer los depósitos mensuales en la cuenta de la señora de la casa, los mismos que ella se encargaba de recoger cada inicio de mes, en forma muy puntual.

La vida era muy fácil con Juanita; ella hacía de todo, mi suegra sólo se encargaba de darle órdenes o criticarla en frente de todos a la hora del almuerzo con comentarios necios (como que si a la comida le faltaba sal, o tenía muy poca, o que si la menestra no estaba bien cocida o que si el fideo estaba demasiado sancochado), cosas que a mi parecer sólo eran ganas de hacerla quedar mal pues para mí la comida estaba bastante aceptable la gran mayoría de veces. Los gritos a la hora de almuerzo ya eran una costumbre en la casa. La pobre Juanita sólo bajaba la mirada mientras la vieja rana vociferaba y vociferaba, para después terminar engullendo hasta el último grano de arroz o fideo de su plato –  “¿No que no le había gustado la comida?” – Pensaba yo.

Por otro lado, Juanita profesaba una religión diferente a la de la familia, razón suficiente para que mi suegra ensañara su cucufatería contra la pobre niña cuando ésta se negaba a beber licor o a participar en las celebraciones en honor a la patrona del pueblo de origen de su ama. Debido a esta filiación de la chica, le llovían los insultos a los programas que ella oía por la radio o a los compañeros de congregación que ella mencionaba a veces en alguna conversación en el comedor o en la sala. No podía ver la vieja ciega que ambas (ella y la chica) adoraban al mismo dios y leían la misma biblia, teniendo en ello más virtud Juanita por ser más asidua a sus reuniones y fiel a sus doctrinas. Fue quién sabe la religión la que la armaba de paciencia para poder soportar el infierno en la tierra que le había tocado vivir en la mazmorra; talvez lo veía como una manera de purificar su alma y limpiar su corazón de pecados.

Un buen día, una inesperada noticia paralizó la vida de todos en la casa: el abuelo se había hecho su chequeo de rutina y los resultados eran los de un hombre sano. La enfermedad había cedido gracias a un tratamiento y ahora los médicos estaban sorprendidos con el milagro. Tras la algarabía general, un pensamiento ensombreció la mirada de mi suegra: Ya no sería justificable la presencia de Juanita ahora que el abuelo estaba nuevamente sano. ¿Quién haría los deberes domésticos y atendería la bodega cuando ella no estuviera en casa o, simplemente quisiera estar tirada a la bartola en su cama? Para suerte y alivio de mi suegra, sus medios hermanos (los hijos del abuelo) acordaron en seguir pagando mensualmente el sueldo de Juanita, pues habían concluido que la enfermedad de su padre sólo había dado una tregua y podía regresar en cualquier momento con mayor fuerza, y llegado ese momento sería muy difícil encontrar a alguien con el buen carácter de esa chica. Por otro lado, mi suegra no perdería al receptáculo de sus humillaciones y podría continuar con su mezquina vida dando órdenes a diestra y siniestra, desparramada en el sofá de su sala.

Estos días me pregunto si  Juanita aún trabajará con la familia del abuelo. ¿Habrá sido capaz de seguir tolerando los gritos e ignominia de mi suegra? Ha pasado por mi mente si en algún momento necesito del apoyo de una chica talentosa en los quehaceres domésticos, contactarme con ella para poder redimirla de aquella tortura y dejar a la deriva esa mazmorra que la oprime y succiona su sangre cada día de su juventud.

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