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Del maní … ni sus vitaminas


Suele ocurrir que, al contactar con alguien para tener sexo, y al estar en lo mejor de la conversación online previa al encuentro, el chico sale con: “Oye, pero la tengo chiquita, ah” o “¿El tamaño te importa? porque no la tengo muy grande”. A esta altura es ya un poco incómodo cortar la conversación y buscar un mejor partido, porque los “motores” ya están calientes y, mas bien sólo queda cruzar los dedos para que nuestro interlocutor sólo haya estado bromeando o pecando de modesto. Sin embargo, producido el encuentro en vivo y, en la penumbra de la habitación, nuestra experta mano es la primera en comprobar la honestidad del acompañante de turno. ¿Qué nos queda? Seguramente los despechados inmediatamente largarán a su galán por no reunir las “condiciones mínimas”, mas la mayoría creo que sólo nos haremos la firme promesa de no volver a citar a tan desprovisto chingolo. No caeremos aquí en el mega manoseado debate de que si el tamaño importa o no; sólo quiero basarme en un par de experiencias personales que me hicieron perfilar mi preferencia por los penes  bien proporcionados.

Cierta vez, al término de una larga relación sentimental, y luego de no haber experimentado sexo real por casi un año, salí al rodeo nuevamente, teniendo la suerte de conocer a un muchacho afroperuano de talla alta y contextura gruesa. Nos citamos la primera vez en su habitación, y me propinó tal sesión de taladro que me hizo ver fuegos artificiales a pesar de que las luces del cuarto estaban apagadas. Luego de aquella primera vez, reflexioné seriamente si debería continuar frecuentando a este moreno; mi conclusión fue que sí debería, y francamente puedo decir que no me arrepentí de mi decisión. Sin embargo, en mi afán de expandir mi círculo de amistades, contacté a otro muchachito y, aunque digan que las comparaciones son odiosas, este “manicero” no me hizo más que cosquillas a pesar de los esfuerzos y sudor invertidos en la faena.

En otra oportunidad, muchos años más tarde, conocí a otro joven hombre, pero ¡Oh decepción! Su miembro competía en pequeñez con mi dedo meñique. Creo que me puse de mal humor en ese momento y lo que hice fue retenerlo toda la noche hasta que eyaculara por tercera vez; y creo que le hice un gran favor, pues con esas proporciones genitales seguramente no había tenido un orgasmo en lustros. Y así por el estilo he experimentado encuentros con hombres no favorecidos por la naturaleza y, sí, los he descartado para una siguiente vez; poniendo atención sólo a aquéllos que impactan no sólo con el tamaño sino con la manera de maniobrar en la cama, que, valgan verdades, es también importante.

Sé que talvez  he sonado desdeñoso. Me considero buen amigo, ciudadano y profesional con pocos prejuicios hacia la gente; pero si de sexo se trata, yo prefiero a un hombre muy bien dotado, pues todo entra por la vista, antes de entrar por el  … bueno, ya ustedes saben.

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