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De la virginidad y otras virtudes de mi suegra


Cuenta mi suegra que, allá por sus años de adolescente, se enamoró perdidamente de su profesor de escuela. El caballero en cuestión, más de dos décadas mayor que ella, vio en la niña una oportunidad de refrescar su sangre y llenar sus trajinados años con todo el candor y salvajismo de aquella potranca alazana. Es así como, por medio de emocionadas celestinas, honradas por tan privilegiado encargo, los enamorados se enviaban y recibían cartas, citándose en los más desolados (pero románticos) parajes  de la serranía nor oriental, con el propósito único de prodigarse su subrepticio amor.

Como quiera que la niña, prematura en el arte de la seducción, y con la libido a flor de piel, no tardó en demandar contacto físico más allá de un beso, las barreras fueron cediendo, siendo ello motivo para aceptar la aproximación de su galán hasta el punto de hacerlo muchas veces (según ella) estallar de deseo dentro de sus ropas. Al final de una de sus citas, y con las sombras de la noche ya casi cubriendo los cerros, la doncella se percató de que su pollera estaba inexplicablemente empapada. Lo curioso era que en ningún momento habían sus prendas tenido contacto con alguna superficie húmeda del suelo, pues no había fuentes de agua cercanas y tampoco era temporada de lluvias. Su macho cabrío le explicó, con un pudor mal disimulado, que esa humedad provenía de él quien, fruto de su excitación extrema, había liberado el rocío fértil de su amor por todas partes. Sin embargo, fuera de este incidente, los enamorados jamás siquiera pretendieron desvestirse y mucho menos unir sus cuerpos, como a todo pulmón se lo gritaba la naturaleza.

Y como ocurre en toda historia que encierra un dogma, la virginal muchacha y fiel pupila del viejo maestro de escuela, empezó a poco a sentir que algo iba madurando en su vientre y que aquello que crecía dentro de sí iba gradualmente abultando sus ropas, hasta el punto de no poderse disimular más. Al notarlo su madre, la llevó de inmediato al galeno del pueblo, quien no sólo corroboró la preñez, sino que también dio cuenta del milagro: el himen de la niña estaba intacto, pues no había habido ningún tipo de ruptura o desgarramiento producto de coito. La niña era una santa. A pesar del hecho sobrenatural que equiparaba a la adolescente con la diosa hebrea María, la menor tuvo que ser cambiada de escuela y ciudad, pues se condenaba en aquellos tiempos el embarazo adolescente por deshonrar infamemente la reputación de una familia.

Mi suegra cuenta esta historia con lágrimas en los ojos ante los oídos de quienes sabemos que aquello de la concepción sin coito es un viejo mito religioso (imposible de demostrar en nuestros tiempos). No obstante, ella regresa cada año a su tierra a visitar en el cementerio a aquel hombre noble que su dios eligió para hacerla madre de manera milagrosa.

  1. Lucho
    octubre 17, 2011 en 10:01 am

    Que risa mi estimado osea… X tener himen ella es virgen??? mmm ahora que me dega una de vaqueros.. lo mas sensato es pensar q ella tuvo el himen elastico o “permisible”

  2. octubre 17, 2011 en 10:50 pm

    Pues permisible o prohibitibo, sé que se lo entregó a medio centenar de cortesanos … y si no tuvo hijos con todos ellos es porque se tuvo que hacer la histerectomía.

  3. marzo 12, 2013 en 1:03 pm

    Que aluci?…. vaya pues no deja de tener una explicacion cientifica, que, para esa epoca, no era tan conocido: los himenes flexibles 😉 asi que felizmente q paso eso en aquella ya que tecnicamente no la desvirginiron.

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