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Cuando la tradición deviene en huachafería


Yo vivo muy agradecido y enamorado de la ciudad que desde hace doce años me acoge en su seno. Es aquí donde me he sentido renacer y es aquí donde verdaderamente encontré mi razón de vivir (y talvez, donde quisiera morir). Sin embargo, si hay algo malo que tengo que subrayar lo voy a hacer, y será solamente en honor a la objetividad. Me referiré pues, al infaltable y tradicional corso primaveral que “adorna” la ciudad todos los años por estas fechas.

Cuando recién llegado, me llamaba la atención la aglomeración de la gente en la avenida principal del centro de la ciudad; ¿el motivo? Un desfile de carros alegóricos en los que, en la mayoría de casos, una señorita finamente ataviada saludaba y mandaba besitos a la concurrencia. Más atrás, una banda de músicos amenizaba el evento y, de tramo en tramo, gringas ligeramente vestidas, movían el bastón y hacían piruetas entre las muestras de júbilo del público amontonado alrededor. Como quiera que cada año el espectáculo era básicamente el mismo, mi interés por asistir decayó, y ni qué decir que los días que coincidía con mi jornada laboral era lo último que me hubiera motivado a ver. A pesar de toda mi indiferencia, el año pasado se me pudo ver en primera fila espectando el show flanqueado por mi ex novio y por mi suegra, quienes no descuidaron el  reservar cuatro sillas (una para el abuelo también) de las que la gente oportunista que vive en los aledaños alquila a todo lo largo de la avenida España.

Pero resulta que este corso no es lo único que identifica a mi ciudad en esta época del año; es sólo el broche de oro con el que se cierran

S.M. Mengana I

las celebraciones organizadas por el Club de Leones. Ellos, muy preocupados por dar a los trujillanos un bonito inicio de primavera, auspician y promueven una serie de ceremonias de coronación para las reinas que presidirán los eventos. Las afortunadas soberanas, cuyos nombres reales siempre son “Fulana I o Sutana I”, aun cuando la(s) anterior(es) reinas hayan tenido exactamente el mismo nombre que ellas, sólo deben cumplir el requisito de tener un padre lo suficientemente acaudalado para que pueda pagar las fiestas de presentación en sociedad de su hija, la presentación a la prensa, los viajes, la ropa y el carro alegórico en el que su engreída será exhibida en el día central de la efeméride.

No vamos a menospreciar el colorido y diseño de los carros, pues, más allá de sólo lucirse para el pueblo, el corso es un concurso en el que el carro ganador se hará acreedor de un trofeo otorgado por el Club de Leones (“El León de Oro”) y un suculento premio en efectivo. Mas, por otro lado, lo patético de la fiesta es la vergüenza que dan algunos de nuestros conciudadanos cuando ven pasar a las blondas bastoneras. Como si nunca hubieran visto a alguien de otra cultura, muchas de las mujeres que están mirando el desfile (especialmente las que vienen de zonas marginales de la ciudad), interrumpen el paso de las “waripolas” para tomarse una foto con ellas o, lo que es peor, les entregan al bebé que llevan en brazos para inmortalizar una instantánea con la desconcertada norteamericana. Quienes no hacen esto, por pudor o porque no tienen bebé al cual retratar, se dedican a comprar cuanto producto al paso se ofrezca: algodón dulce, alfeñique, popcorn, picarones, anticuchos, etc., para luego dejar, al final del desfile, la avenida sembrada de desperdicios de todo tipo. Hay quienes también gozan su corso propio, bolsiqueando a los ciudadanos, o, con gran discreción, ofreciendo sus servicios sexuales; pero todo es parte del gran entusiasmo que significa para los trujillanos la llegada de la primavera.

  1. Lucho
    octubre 17, 2011 en 9:57 am

    Ay nino..
    algo de magia falta en tu vida!! hehehe no ya en serio si me parecen huachafadas todo lo que me haces leer pero recuersa q tener al pueblo contento es algo basico para domar sus mentes… Pan y Circo no decian en la antigua Roma??

  2. octubre 17, 2011 en 10:51 pm

    Certo, certo … sabias palabras.

    ¿Qué fue del Piccolino? ¿Se nos volvió a perder?

  3. octubre 21, 2011 en 3:37 am

    Como donde esta, en Roma estoy…….. sabes recuerdo que estuve una vez hace 25 años quizas durante el corso de primavera en Trujillo, para mi que venia de la serrana Huaraz fue impresionante, se me quedaron en la mente las ‘huaripoleras’ o como se llamen, regrese a Huaraz y comenze a jugar con una ramita de arbol y queres hacer los malavares que ella hacian poniendome las botas de mi mamá.

    Los tiempos cambian Jose, cuando estuve alli al maximo podias hacer una foto del corso, ahora con la facilidad que se tiene para hacer fotos nos hemos vuelto huachafos todos o casi todos, si fuese a China quizas te quedarias sorprendido de cuanto les gusta a los chinos tomarse fotos o tomar fotos a sus hijos con los visitantes.

  4. octubre 24, 2011 en 10:59 pm

    Sí Piccolino, pero dime, ¿te hiciste alguna foto con las botas de tu mamá puestas? 😉

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