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Chocolate amargo


Al borde de la media noche me doy cuenta de que las ilusiones son de humo y las oportunidades perdidas no regresan. Es una quimera el pretender manejar una situación que ya no existe; es inútil tratar de jugar con el cadáver de un nonato, porque ya no vive; es más, lo matamos antes de nacer.

De nada sirve hilvanar expectativas sobre algo que es etéreo, irrealizable. Es infame querer transitar por un puente de sueños, pues se desvanecerá al despertar. No tiene caso sentarse a esperar en una estación de tren a alguien que se ha ido en barco;  un barco que lo llevará por vertientes amazónicas irrenunciables.

Si no fuimos capaces de acunar un sentimiento incipiente, ahora es tarde para la añoranza, pues el chocolate se volvió amargo, y su ponzoña nos ha convertido en cómplices asesinos de la felicidad.

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