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El abrazo del patriarca


Por muchos meses esperé la oportunidad de retomar contacto con la persona más ecuánime residente en la mazmorra de mi suegra: el abuelo. Este octogenario de gallardo nombre se supo ganar mi admiración gracias a sus ganas de vivir y a su sabiduría a flor de labios. El anciano derrotó al cáncer en una lucha sin cuartel y ello aumentó su  colección de anécdotas con moral constructiva para compartir en las interminables tertulias con sus colegas en la Casa del Maestro o con sus paisanos en la Asociación de Residentes en la ciudad de Trujillo.

Fue inesperado.Yo regresaba de mi clase matutina ensardinado en una pequeña unidad de transporte público, cuando divisé por la ventana al protagonista de este artículo. Era él, inconfundiblemente. Su delgada y algo encorvada figura, su cabello blanco y recién estrenado bigote del mismo color. Su caminar ligero con saltitos de perico y su atinado sentido de la precaución al cruzar la calle. Me apeé del vehículo muchas cuadras antes de mi destino y caminé en sentido contrario con la única intención de dar el encuentro a este buen amigo.

Él me facilitó las cosas, pues cruzó hacia el lado por el que yo caminaba. Estando casi en frente de él lo llamé por su nombre y nos detuvimos frente a frente. “¡Hooooooooooola!” – Me dijo – “¿Desde cuándo por acá?” Corroboré, entonces, las mentiras que mi ex y mi suegra le habían dicho de mí a raíz de mi desaparición, pues, de la noche a la mañana dejé de prácticamente vivir en su casa: desayunar, almorzar, cenar (y a veces dormir) y los domingos comer fuera con ellos. Yo fui actor de su telenovela familiar por casi dos años y conocí aspectos de su existencia que jamás pensó compartir con alguien tan lejano a su apellido.

Apenas pude decirle todo lo que había estado pensando para cuando lo encontrara, y me falló el no hacer una cita fuera para compartir un café y vaciar por entero mis verdades acerca de mi fenecido romance. A lo poco que le pude balbucear me respondió: “Te entiendo, te entiendo” y luego me llenó de elogios para finalizar dándome un abrazo, el mismo que ha pasado a ser una de las posesiones más valiosas que guardaré conmigo por el resto de mi vida.

Tengo la tranquilidad de haber podido hacerle saber que, a diferencia de lo que le hicieron creer, yo sigo aquí y si me fui de su entorno fue por razones que están pendientes de contar.

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  1. Edgard Rodriguez
    noviembre 18, 2011 en 4:18 am

    la sabiduria de las personas mayores es inigualable, muchas veces las personas ancianas vienen tomadas como una carga y se ignora en ellos el valor que solo la experiencia puede dar al ser humano. grande utilisimo!

  2. diciembre 12, 2011 en 11:23 pm

    Es cierto, Piccolino. Este hombre vive en un nido de serpientes que sólo esperan verlo muerto para apoderarse de lo poco material que posee. ¡Qué lástima!

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