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Nostalgias de un Virreynato fugaz


Cuando me pongo a recordar todo lo que significó mi arribo a esta ciudad, la que ahora mira desde lo alto mi pacífico y anónimo transcurrir, me invade cierta perdida emoción, emoción de un tiempo de fugaz gloria y protagonismo involuntarios, pero inolvidables.

Llegué a este pedazo de norte peruano en 1999 con una posición muy importante dentro de una empresa centenaria, pilar de las comunicaciones en la región, y  mi llegada fue antecedida por grandes expectativas que, modestia aparte, fueron desbordadas el día de mi arribo. Muchas féminas de mi entorno laboral me mostraron su desinteresada adhesión, y los caballeros presentes hincaron su voluntades a mi merced. Por la naturaleza de mi posición y lo conservadora de la arquitectura que rodeaba mi centro laboral, creé en secreto un auto apelativo que se hacía evidente en mi dirección de correo electrónico, pues me sentía tuerto gobernador de un pequeño pueblo de invidentes que tenían en sus mentes el fosilizado pensamiento de que la apariencia física es factor de supremacía entre los humanos. Era yo algo así como un dios Naylamp llegado a través de las aguas a quien todos recibían con gran curiosidad y admiración.

No tardaron en llegar las invitaciones a eventos públicos y privados en los que abundaba la comida, el licor y las mujeres. Los bailes al son de bandas y orquestas formaban parte de la agenda obligada de mi investidura. Grandes restaurantes caros y exclusivos me abrían sus puertas para formar parte imprescindible de eventos como coronaciones de soberanas locales y sus respectivas proclamaciones públicas. Muy pronto se tejieron historias entre esas reinas de belleza locales y yo; las fotos en el diario hablaban de un limeño que había venido a alborotar la hasta hace poco plácida ciudad de la eterna primavera. Hasta que, de tanto ir el cántaro a la fuente se rompió. Fue acaso en mi primera borrachera, en la celebración de un cumpleaños, en que mi naturaleza emergió desenfadada y quise repetidas veces besar a la fuerza a un cortesano presente en la fiesta. Pocos recuerdos válidos quedan de aquella noche. Sin embargo, el silencio fiero y leal de mis subordinados no permitió dar el calificativo de dantesco a semejante incendio.

Muchas migajas de recuerdo quedan de aquella época. Son mendrugos que suelo exhumar cada vez que llega a mis oídos alguna melodía que hizo estremecer mi cuerpo en ese entonces. Canciones como la que adjunto logran la magia de dar un chispazo de alegría húmeda a mis ojos, remontándome automáticamente al momento en el que dejé de ser capitalino.

  1. Beato de Humay
    diciembre 5, 2011 en 11:05 am

    Wow amigo no pensé la conmoción que causó tú llegada a tierras norteñas! y que triste saber que luego de tu momento de liberacion pues todo cambiara…
    seguro producto de la cucufateria del pueblo ya que no concebirian jamás que su Dios Naylamp se le moje la canoa ….

  2. diciembre 5, 2011 en 10:56 pm

    ¡Pero Beato! ¿No sabes la historia? Naylamp llegó por vía marítima al igual que Takaynamo y otros seres divinos de los tiempos ancestrales de nuestro continente; así que en algún momento tiene que habérsele mojado la canoa a ellos también, je je je.

    Pero no, Beato quasi cumpleañero. No fue por ese incidente que salí de aquel trabajo. Yo me mantuve en mi puesto por varios meses más. Salí finalmente por la maleta de un sujeto que me tenía pica, pero de ninguna forma por el beso que le quise “robar” a aquel inviduo. “¿Qué habrá sido de él?” A veces me pregunto …

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