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Mi padre tenía razón


Poco después de terminar la secundaria, no tenía tan claro qué camino profesional tomar. Lo que sí era clarísimo para mí era que no quería estudiar en la universidad; mas mis padres no tomaron en cuenta mi opinión. Dueño de una inexplicable rebeldía, me encargué de demostrar que no tenía la más mínima intención de estudiar una carrera; fracasé en dos pares de intentos de admisión y rompí de una patada las expectativas que mis progenitores tenían sobre su hijo mayor.

Previo a ese capítulo, no faltaron situaciones en las que mi padre hurgaba en mis intereses tratando de divisar algún atisbo de vocación profesional. Logró hacerme decir que yo quería ser profesor de inglés, pues era por ello que yo había empezado a estudiar el idioma, paralelamente con un curso de Escultura en la Escuela de Bellas Artes. Dueño de inenarrables artimañas, mi padre me hizo un dibujito en un papel: era una escalerita de profesiones. Me dijo, señalando uno de los peldaños más bajos de la escalera: “Mira, acá está el guachimán; y acá (señalando un peldaño más arriba) está el profesor de inglés.” Por muchos años maldije esa comparación pues no cabía en mi cabeza que alguien que dominara un idioma extranjero pudiera tener el mismo nivel social que un simple guardián sin mayor instrucción.

Sin embargo, la vida se encargó de estrellarme la realidad en la cara. Luego de incursionar y mantenerme más o menos a flote en una carrera técnica, me embarqué en la enseñanza a vida completa y los años fueron pasando uno a uno, regalándome carencias materiales y esperanzas moribundas. Obviamente, otro tipo de satisfacciones (intangibles) se han mostrado generosas a mi paso gracias a la docencia; y hasta me motivaron para estudiar un Diplomado.

Hace muy poco caí en cuenta de las palabras de mi padre nuevamente y comprobé que lo que él me quiso decir. No tendría ingresos suficientes para llevar una vida sin privaciones, pues el maestro es muy poco considerado en nuestro país. Así que un poco tarde, pero ya totalmente consciente de lo que quiero a nivel profesional, he decidido tomar otro rumbo y darme un plazo de dos años aproximados para que la nueva siembra académica empiece a producir frutos laborales jugosos y placenteros.

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