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Mi tan venido a menos segundo nombre


Cuando nací fui el primer nieto oficial de mi abuelo y, siguiendo las tradiciones de algunas familias, me fueron dados los dos nombres de este señor, uno de los cuales (el segundo) es el primer nombre de mi padre. Como quiera que mi progenitor solía llevarme con él a muchos lugares donde podía encontrarse con sus colegas o ex compañeros de estudios, no faltaba la sorpresa de éstos al ver que yo, pequeño y endeble vástago, reproducía casi al cien por cien los rasgos del autor de mis días, y, para coronar el pastel, llevaba su nombre, aunque en otra posición. En los tiempos de colegio, diéronse casos en los que, al ser mi primer nombre tan común y, por lo tanto, habíamos varios homónimos en el grupo, se optaba por elegir mi segundo nombre para no confundirme con el resto.

El quid del asunto es que empecé a agarrarle tirria al tal nombrecito, no por el nombre per sé, sino porque me sentía con identidad prestada; nadie me tomaba en cuenta como un ser individual, sino como el “hijo de fulanito” que, aparte de ser igualito a su papá, lleva su mismo nombre. A lo largo de mi vida luché contra quienes se afanaban por poner énfasis en llamarme de esa forma, y siempre que me preguntaban, decía que tenía un solo nombre o que mi segundo nombre era tan vergonzoso que prefería ni mencionarlo y, ante la insistencia, soltaba cualquier barrabasada, como: “Neopomuceno” o “Epaminondas”. Hubo una etapa de mi historia en que estaba decidido a cambiármelo, mas, conociéndome, era muy seguro que en lugar de olvidar el nombrecito feo, contaría a todo el mundo que me lo había cambiado y le rendiría culto hasta hoy como un héroe muerto en batalla.

Haciendo memoria, sólo en una época de mi vida saqué a relucir mi segundo nombre. Se debió a que mi pareja de turno tenía mi mismo primer nombre, así que tenía obligatoriamente que hacer de tripas corazón y marcar la diferencia con el apelativo bíblico-profético que mi padre me regaló. Sin embargo y, a pesar de todo lo expuesto, hoy, cuando fui a recabar el fotocheck que me otorga la universidad donde estoy trabajando desde hace poco, reparé en que habían utilizado sólo mi primer nombre, además de mis dos apellidos. Una sensación de desasosiego me invadió al ver escrito mi primer nombre ahí, tan solo y tan huérfano. Me dio pena y  hasta creí que ese documento que ahora tendré que colgar en mi cuello mientras esté en el campus no era mío; pues si lo fuese, llevaría impreso aquel nombrecito que ha sido mi fiel aunque antipático compañero toda la vida.

  1. febrero 6, 2012 en 8:14 am

    mi segundo nombre es Antonio y entro en uso desde que llegue a Italia y me gusta mucho en todas sus declinaciones, mis amigos y colegas de trabajo romanos me llaman “Anto”, otros me dicen Antonio, mi compañero me llama “Tonio”, algunos “Tonino”….

  2. Johnn
    febrero 16, 2012 en 12:41 pm

    yo no tengo segundo nombre y en más de una ocasión he osado agregarme uno…que ironía!

  3. marzo 2, 2012 en 10:19 am

    Abraham? Lot? Isaac?

  4. marzo 3, 2012 en 12:37 am

    Elías, para serviros.

    ¡Ya vienen los nuevos temaaaaas!

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