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¿De qué planeta vino Dios?


Los vestigios que presentan las primeras culturas que habitaron la tierra indican que no hubo generación espontánea de la vida ni espíritu sagrado que se haya posado sobre el caos para separar el cielo de la tierra. Claro está, cada vez más, que vida inteligente y poderosa de fuera del ámbito terrestre se enseñoreó sobre nuestro orbe y sembró su semilla por doquier, haciendo florecer culturas hábiles y emprendedoras, que, con el correr del tiempo, generaron la civilización como la conocemos hoy. Estos seres foráneos, se hicieron llamar señores o dioses e insuflaron en la nueva especie (la humana) la necesidad de mirar siempre al cielo y señalar que desde ahí proviene la vida, y hacia allá deben apuntar las esperanzas de ayuda y consolación.

Pero ¿dónde de dónde, exactamente, vinieron estos seres que poblaron la tierra de vida sapiente, y por qué no se quedaron entre nosotros? Las hipótesis abundan; desde aquella versión supermanizada de que una crisis mundial en algún planeta lejano obligó a aquellos seres a buscar colonizar nuevos mundos, hasta la teoría de que ellos nos visitan constantemente o nos llevan a sus dominios mientras dormimos para experimentar con nuestros cuerpos. Hasta se habla de que las “posesiones diabólicas” no son más que invasiones alienígenas de la siquis humana que expresan sus requerimientos en lenguas primitivas, que son las que ellos nos trajeron y que nosotros dejamos morir con el paso de los siglos.

Si alguna o todas las premisas planteadas arriba son ciertas, entonces la religión tiene un sustento real y aquellos señores o entidades divinas sí existieron, mas, antes de partir borraron de la conciencia humana la imagen de sus rostros pero dejaron una huella de nostalgia que sólo se calma mediante el culto o sacrificio en honor a ellos. Dejaría, entonces, de buscarse justificaciones para ensalzar a un grupo de seudo representantes de un dios en la tierra y cesaríamos de encargarles la responsabilidad del pastoreo de nuestras almas. Se desenmascararía así a tanto mafioso que lucra con la ignorancia humana, y que sólo sale a un balcón a discursear palabras inertes de un libro de mitos y leyendas convenidas, mientras engrosa su haber material con los dividendos del comercio ilegal y los crímenes encubiertos. Amén.

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