Archivo

Archive for 28 febrero 2012

¡Hoy estamos de etiqueta!

febrero 28, 2012 Deja un comentario

¿Quién lo iba a pensar? ¡Un año! Es nuestro primer aniversario. Hace trescientos sesenta y cinco días iniciamos esta aventura en solitario, luego de dejar Utilísimos y de desembarcar de mi aventura amorosa. Cabe agradecer a mis lectores (muchos) y comentaristas (pocos, pero fieles) por haberme acompañado en esta travesía en todos estos meses.

Las gracias van, también, a aquél que me inspiró tantos temas de desamor, y a aquella que me dio pie a escribir tantas cosas pintorescas que, detalles más, detalles menos, lograron que mis lectores se hicieran una imagen mental de un tipo de suegra que habita en su mazmorra a pocos metros de aquí.

Espero seguir contando con sus visitas y poder yo, aunque a veces sin tiempo de calidad, seguir comunicándome de esta manera con ustedes. ¡Infinitas gracias por todo el apoyo y su invalorable tolerancia!

Categorías:Pessoal, Sociedad Etiquetas:

Míster Pelos

febrero 26, 2012 1 comentario

Conozco a Míster Pelos hace más de un año, pues su pequeño restaurant queda al frente del mini market  donde usualmente hago mis compras. Desde que me mudé a esta área veía a cierta distancia cómo abría su local temprano en la mañana para empezar su diligente ritual de limpieza. Algunas veces, en horas de almuerzo (hora punta para su negocio), se aproximaba raudo al mini market para cambiar algún billete de alto calibre para dar vuelto a sus  comensales. Así empezó mi largo anhelo de él.

Mientras estuve comprometido, no eran tan frecuente el poderlo ver desde el mini market, ya que mi ex prefería hacer las compras en lugares amplios, más masivos y con precios menores, pues era su manera de contribuir a la economía de la relación (de otra manera no podía ya que estaba casi siempre desempleado). Mas, cuando todo terminó, empecé a hacer mis compras en el pequeño market, y desde ahí lo miraba casi a diario con insistencia y lujuria. Por otro lado, inicié mi consumo de comida preparada por un restaurante muy cercano a mi casa. Un buen día, la SUNAT lo cerró por infracción y tuve que volar en pos de otra alternativa para poder obtener el almuerzo y cena diarios; fue entonces cuando llegué a ser cliente de Míster Pelos.

Las primeras veces me daba un poco de vergüenza comprar mi almuerzo en su negocio pues, seguramente, recordaba las tantas veces que yo lo miraba desde la acera del frente mientras él trabajaba en lo suyo. Pero, con el tiempo, hice de tripas corazón y me volví su cliente asiduo. En algún momento, hubo cierta cercanía entre nosotros, y conversábamos mientras él escribía el menú del día en su pizarra de escuadra. Llegué a saber su nombre de premio cinematográfico, pues desde la cocinita del local una señora (talvez su madre) lo llamaba muy cariñosamente. Míster Pelos es de altura promedio, tez trigueña y quijada firme y pronunciada, que casi siempre está cubierta de una barba de uno o más días sin afeitar. Su contextura es gruesa, manos grandes y cubiertas de vello negro (como su cabello) que cubre furiosamente, también, el resto de su cuerpo. Por el verano usa polo de cuello redondo a través del que se puede ver una mata de pelo y, desde el interior de sus bermudas ceñidas, una respetable prominencia clama por su liberación.

Míster Pelos lo llena todo con su presencia. Sus enormes manos transportan los platos de comida desde la cocina hacia las mesas y, lo estrecho del local, hace que sus caderas choquen con las mesas cada vez que pasa. En ese vaivén, el molusco de mi mirada se adhiere y desliza por cada parte de su cuerpo, y entre plato y plato, me lo imagino en la cama masacrándome en una festiva matanza de pelos y fluidos … soñar no cuesta nada.

Categorías:Local, Pessoal, Sexo, Sociedad Etiquetas: , , ,

¡Qué tal Garfield!

febrero 20, 2012 2 comentarios

Conocí a Andrés mediante una página de encuentros gay hace aproximadamente dos años. Fue en el momento en que pasaba largas horas frente a la PC sumergido en una laboriosísima traducción encargada por uno de mis ex empleadores. Al igual que a Andrés, contacté a muchos otros con la exclusiva finalidad de tener sexo con ellos apenas terminara mi etapa de luto autoimpuesta de un mes por el término de mi relación sentimental.

De la página de encuentros pasamos al Messenger y así estuvimos dialogando por interminables meses sin que se diera la oportunidad real de poder tener un encuentro cuerpo a cuerpo. A través de nuestras conversaciones me fui haciendo una idea de él: un tipo hogareño, originario de la ciudad capital y residente en esta ciudad desde hacía un quinquenio. En cuanto a sus actividades fuera del trabajo, lo encontraba siempre conectado a internet y sus aficiones eran siempre las mismas: estar tumbado a la bartola en su cama viendo televisión y chateando a la vez y, cada que tenía hambre, ir a la cocina por un bocadillo o llamar al delivery para cenar en casa y no perderse los programas que el cable brinda por las noches.

Algunas veces hablamos de encontrarnos, mas su pusilanimidad me desanimaba: siempre echado, siempre viendo TV, siempre en la computadora; por estas características lo denominé “Garfield” en mi mundo interno, dada la similitud en personalidad con este personaje felino. Más de una vez lo dejé con los crespos hechos por arrepentimientos de última hora o porque surgió un candidato mejor; mas hace una semana, al agotar todos mis cartuchos, tuve que recurrir a él para saciar mi prolongada sed de testosterona.

 Mi idea era terminar mi domingo temprano, pues durante la semana me tengo que levantar muy temprano y, por lo general, mis lunes son bastante largos, así que procedí a instruir a Garfield sobre cómo llegar a mi humilde guarida. El mencionado felino se tomó casi hora y media en llegar, y, apenas se bajó del taxi, lo conduje a mis aposentos para empezar el ritual. Luego de la breve conversación previa de ley, entramos en calor y fueron una serie de sucesos que se dieron rápidamente y, sin casi yo darme cuenta, me encontré adyacente a él con todo su fluido inyectado en mi interior.

Después charlamos y me arrullaba su grave y masculina voz al contarme sus vivencias pasadas en la capital, antes de llegar aquí (hace siete años), y las experimentadas cuando se hubo ya instalado en suelo norteño. No quedamos en volvernos a ver, pero su larga visita (casi de tres horas) me dejó un buen sabor. Lástima no tener un equipo para albergar el chip del puntófono y así mantener una comunicación más constante.

Sobra ya decir que en situaciones como ésta están de más los remordimientos y siempre se abrigan las esperanzas de que sus palabras hayan sido sinceras. Esperar y confiar; prometer no volverlo a hacer así es la consigna.

Categorías:Pessoal, Sexo Etiquetas: ,

Un moscón en la ventana del tren rápido

febrero 14, 2012 Deja un comentario

Viajando a toda velocidad del presente perfecto al futuro incierto veo posarse un moscón en mi ventana. En una pequeña pausa de estación, se queda adherido en el vidrio gracias a las ventosas de sus patas. Me mira, lo miro y entablamos un momento de comunicación. Como buen moscón, hace zumbar sus alas a cada momento para hacer notar su presencia. Al principio le hago caso, luego me nace ignorarlo, pues la premura de este viaje me hace prescindir de personas y cosas que no contribuyan a mis objetivos inmediatos.

“No será mi culpa” – pienso yo – pues los planes que se están concretando en mi presente, habían sido anunciados ya. ¡Vaya moscón!, vive su vida pero a la vez se interesa por mí. Yo no lo considero y pienso en mi próxima parada, la misma que me reencontrará con allegados que no quiero dejar por él. Se va a reiniciar la marcha y golpeo la luna: es tiempo de volver a concentrarme en mí. Desvío la mirada un segundo y, al regresar mis ojos a la ventana, el moscón ya no está …

Categorías:Pessoal, Sentimiento

Las artimañas del lobo

Ya he dicho aquí que cuando terminé mi relación con quien fue mi pareja por dos años, lo primero que pasó por mi mente fue irme de aquí. La razón es que vivo tan cerca de su casa que imaginé que nos cruzaríamos a cada momento; mas no ha sido así. Los encuentros casuales en las inmediaciones del barrio pueden ser contados con los dedos de una mano, y hasta pareciera que él se mudó o toma atajos desconocidos, pues ni siquiera he avistado sus facciones al pasar por su casa con el taxi cuando me dirijo a la universidad.

No es que lo extrañe pero sí es misterioso que no nos veamos más. Nos separa solamente una avenida y para mí cruzarla significaba entrar en su territorio, pero, desafortunadamente, tenía que hacerlo porque solamente así podía comprar mi periódico dominical cuando ningún otro quiosco de la ciudad lo ofrecía. En fin, esta situación me ha hecho la vida más fácil pues hubiera sido harto incómodo tener que vernos y ver su ensayada distracción al fingir que no me ha visto.

Categorías:Pessoal, Sentimiento

Dejar caer, dejar morir

Es expulsar un embrión concebido hace unas horas.
Es no comprometer sentimientos ni voluntades por temor a dar de más.
Es dejar morir la flor en sequía sin ni siquiera darle explicaciones.
Es olvidar adrede momentos que podrían marcar hitos en las vidas.
Es aprovecharse de su coraza de hielo para fingir no saber lo que siente.
Es tener como excusa lo sufrido para no dar siquiera una oportunidad.
Es cortar la sonda vital que nos conduciría a un futuro lleno de historias donde pudiera haber un final feliz.

Categorías:Pessoal, Sentimiento Etiquetas: ,

Cosa de locos

febrero 5, 2012 3 comentarios

Corría el año 1986 y mi vida post escolar iba a la deriva, ora por mi desinterés, ora por mi maldita rebeldía . Para ese año ya iba en mi tercera o cuarta (y última) postulación a una universidad, sin tener el menor augurio de éxito. Un padre frustrado y una madre lacrimosa miraban con desolación cómo su primer vástago se perdía en el remolino de don-nadieísmo y perdían ya las esperanzas y preguntábanse a diario (como muchos otros padres) “¿en qué fallamos, Dios mío?” La presente introducción no tiene por objeto autosacarme los trapitos de aquella época sin identidad y pre descubrimiento gay, sino situar el contexto cronológico de algo que viene después; algo que tiene que ver con el vídeo adjunto: “Estar en la universidad” del recordado grupo peruano “Royal Institution Orchestra (RIO)”. Yo solía ubicar esta canción de moda en la radiola de mi casa para que todo el mundo, especialmente mis padres, oyeran lo que yo pensaba de sus planes universitarios para conmigo.

“Estar en la universidad”, reza el coro, y yo agrego, talvez demasiado prematuramente, “es una cosa de locos”. Yo nunca estuve en una antes, pero si lo hubiera estado, creo que no lo hubiera resistido; hubiera pateado el tablero en menos de un semestre. Hace poco tomé la decisión de iniciar una carrera en una universidad privada muy conocida de esta mi ciudad. El solo hecho de saberme dentro de un campus universitario labrando un nuevo futuro profesional me puso la carne de gallina; no cabía en mi pellejo de gozo y anunciaba a los cuatro vientos mi sabia decisión. Recibí felicitaciones familiares y amicales y pensé que sería lo mío, que no habría dificultades y que, por ser un programa especial para adultos, me trataría con cariño y consideración. ¡Cuánto me equivoqué! Por ahora sólo me preocupa un curso pues el otro es algo que se complementa innatamente con mis habilidades para el lenguaje, pero aún así, tengo que invertir buenas dosis de mi tiempo casi extinto para poder salir a flote con dignidad.

Lo bueno de esta etapa es el roce social y el regocijo de mis ojos. Puedo ver hombres adultos en flor, no solamente en mi propia aula (donde ya puse el ojo a más de un par) sino también, y sobre todo, en el vecindario de aulas y demás ambientes del campus. Sólo está pendiente alguna mirada que responda una señal de la mía; algún pez que muerda mi carnada y esté dispuesto a sumergirse en temas temporalmente ajenos a lo académico, pero que sirvan – cómo no – para lograr el tan necesario y merecido equilibrio entre la mente y el cuerpo, entre el alma y la carne. ¡Oh, universidad!

A %d blogueros les gusta esto: