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¡Qué tal Garfield!


Conocí a Andrés mediante una página de encuentros gay hace aproximadamente dos años. Fue en el momento en que pasaba largas horas frente a la PC sumergido en una laboriosísima traducción encargada por uno de mis ex empleadores. Al igual que a Andrés, contacté a muchos otros con la exclusiva finalidad de tener sexo con ellos apenas terminara mi etapa de luto autoimpuesta de un mes por el término de mi relación sentimental.

De la página de encuentros pasamos al Messenger y así estuvimos dialogando por interminables meses sin que se diera la oportunidad real de poder tener un encuentro cuerpo a cuerpo. A través de nuestras conversaciones me fui haciendo una idea de él: un tipo hogareño, originario de la ciudad capital y residente en esta ciudad desde hacía un quinquenio. En cuanto a sus actividades fuera del trabajo, lo encontraba siempre conectado a internet y sus aficiones eran siempre las mismas: estar tumbado a la bartola en su cama viendo televisión y chateando a la vez y, cada que tenía hambre, ir a la cocina por un bocadillo o llamar al delivery para cenar en casa y no perderse los programas que el cable brinda por las noches.

Algunas veces hablamos de encontrarnos, mas su pusilanimidad me desanimaba: siempre echado, siempre viendo TV, siempre en la computadora; por estas características lo denominé “Garfield” en mi mundo interno, dada la similitud en personalidad con este personaje felino. Más de una vez lo dejé con los crespos hechos por arrepentimientos de última hora o porque surgió un candidato mejor; mas hace una semana, al agotar todos mis cartuchos, tuve que recurrir a él para saciar mi prolongada sed de testosterona.

 Mi idea era terminar mi domingo temprano, pues durante la semana me tengo que levantar muy temprano y, por lo general, mis lunes son bastante largos, así que procedí a instruir a Garfield sobre cómo llegar a mi humilde guarida. El mencionado felino se tomó casi hora y media en llegar, y, apenas se bajó del taxi, lo conduje a mis aposentos para empezar el ritual. Luego de la breve conversación previa de ley, entramos en calor y fueron una serie de sucesos que se dieron rápidamente y, sin casi yo darme cuenta, me encontré adyacente a él con todo su fluido inyectado en mi interior.

Después charlamos y me arrullaba su grave y masculina voz al contarme sus vivencias pasadas en la capital, antes de llegar aquí (hace siete años), y las experimentadas cuando se hubo ya instalado en suelo norteño. No quedamos en volvernos a ver, pero su larga visita (casi de tres horas) me dejó un buen sabor. Lástima no tener un equipo para albergar el chip del puntófono y así mantener una comunicación más constante.

Sobra ya decir que en situaciones como ésta están de más los remordimientos y siempre se abrigan las esperanzas de que sus palabras hayan sido sinceras. Esperar y confiar; prometer no volverlo a hacer así es la consigna.

Categorías:Pessoal, Sexo Etiquetas: ,
  1. andres
    mayo 7, 2012 en 9:08 pm

    Mi nombre es andres , y quiero dar a conocer lo que pasa en mi pais , que por cual no me tien tan feliz . Vivo en CHILE , CIUDAD SANTIAGO , hace poco hubo un crimen irracional en un parque de mi ciudad, dieron muertea un joven homosexual lo golpearon , lo quemaron con cigarros y no contentos con eso , le dieron un golpe en la cabeza con una piedra . Los hechores de este horrible crimen fueron unos jóvenes que pertenecen a un movimiento llamado los neo nacis.
    ESPERO , que con su muerte , se cobre conciencia a la enorme necesidad que hay por elm respeto y tolerancia ala diversidad sexual , y esto se traduce que en nuestro hogares debemos cimentar el amor a nuestros semejantes sea quien sea .
    La iglesia también tiene su grado de en esto . se olvida que DIOS ES AMOR , PERDÓN Y VIDA

  2. mayo 13, 2012 en 11:06 pm

    Condenable, por supuesto, cualquier hecho de salvajismo en contra del ser humano. Solamente quiero decir que ese movimiento Neo Nazi al que te refieres hace tanto daño como la propia iglesia, pues su inquina es tan grande que aniquila a cualquiera que no siga sus preceptos.

    Sin embargo, amigo, déjame decirte que no te llamas Andrés; al menos no eres el Andrés al que me refiero en el artículo que precede estos comentarios.

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