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Hijos con defectos congénitos: ¿Bendición o parásitos?


A propósito del fallecimiento del hijo de una colega mía, me di con la macabra sorpresa de que yo secretamente había estado deseando su muerte tan pronto me enteré de su agonía. El vástago, unigénito de casi cuatro décadas de existencia en este mundo, había dejado de existir debido a la complicación pulmonar que le provocó un resfrío. Podría esto parecer inusual, mas no lo fue para Juancho debido a que él era paralítico y su incapacidad motora le trajo una complicación fatal.

Sabía yo de la existencia de Juancho a través de su madre, mi colega, y hasta creo que una vez lo conocí cuando ella lo llevó a mi centro de trabajo. La madre había vivido el vía crucis de tener un hijo lisiado por más de treinta años y tener que asistirlo cada día de su existencia con el cuidado respectivo: despertarlo cada mañana, asearlo, ejercitar cada parte de su cuerpo, alimentarlo y transportarlo (cargado) a cuanto lugar fuese menester llevarlo. Todo ello cumplido a cabalidad y prontitud con el más heroico estoicismo de una madre enceguecida por la resignación. Por ello, cuando me enteré de su penosa y acelerada enfermedad, deseé dentro de mí que la vida hiciera justicia a esta vieja mujer y le quitase ya de encima tan dolorosa carga para que, al menos, en los últimos años de su vida, ella pudiera llevar una existencia apacible y digna.

La historia en cuestión me hizo reflexionar acerca de lo complicado que debe ser para tantos padres el tener que dedicar su vida entera a un hijo con discapacidad. Pongo en tela de juicio que sea el amor la fuerza que embravece a estos progenitores para embestir las dificultades que cada día tienen que pasar con su prole; yo pienso que debe ser frustrante y hasta desmoralizador despertar cada mañana y recordar al instante siguiente ese amargo deber que la vida les encargó.

¿Hay solución para este dilema? ¿Puede hallarse algún instante de posible decisión? ¿Existe acaso un punto en el que se pueda optar por otra senda y tomar el camino egoísta de no querer tener una carga tan pesada por el resto de nuestros días? Es un tema de reflexión acerca del cual, seguramente, los griegos de la antigüedad habrían tenido una solución rápida y muy práctica.

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