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Archive for 20 mayo 2012

Mi orgullo, mi maldito orgullo

Nació conmigo y crecimos juntos como siameses pegados por la cabeza; no era posible virar a ningún lado sin tener que cargar con él … siempre presente, siempre incondicional.  A pesar del inmenso peso que significaba llevarlo a cuestas (pero con sus espuelas picándome salvajemente), logré llegar a la cima de la montaña y permanecer en ella casi la totalidad de mi existencia. Desde arriba el paisaje es maravilloso: he podido contemplar valles y ríos, ciudades enteras, grupos humanos desplazándose inteligentes en sus medios y otros, menos afortunados, apoltronados como borregos en algún corral. He extendido los brazos y cerrado los ojos. Una sensación de oxígeno puro entra  por mis fosas nasales y el viento helado  acaricia mis mejillas.

He bebido denso y negro odio;  he esperado (a veces infinitamente) que mis “enemigos” se postren humillados ante mí para rogarme perdón y yo, de un puntapié, empujarlos al abismo. He ignorado muestras de afecto, desde despreciar el dulce ofrecido por el padre en la infancia, hasta recibir el beso de la madre en la adultez.

Y ahora, sólo ahora que he conseguido despajaritarme de tanta rémora que por ratos colgaba de mí, siento ese inmenso forado en mi pecho en el que sólo quedan los ecos de voces que me acompañaron en tiempos de paraísos fugaces. Fluye por dentro la lava ardiente del anhelo y la necesidad, mas mi siamés leal y eterno la acalla y escarcha.

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Gracias a la vida

En efemérides tan importantes como es el Día de la Madre, mi memoria no puede dejar de evocar los momentos que pasé en la Mazmorra de mi Suegra. Tan artificialmente devoto de una mujer hostigante, participaba de ritos celebratorios en su honor que nunca hice por mi propia madre. Ella daba poca o nula importancia a mis atenciones y sólo miraba con ternura a su hijo-pareja, adjudicándole la autoría de toda atención y obsequio que llegara a sus manos.

Hoy, en un día de celebración para muchos hijos, agradezco a la vida por haberme logrado alejar de esa mujer, quien hacía insufrible mi vida con su inmunda existencia y  filuda arrogancia. Dejo a responsabilidad de sus hijos (los vivos y los muertos) homenajearla y agradecerles su vida, así haya tenido ella que recurrir a hombres sin amor ni cualidades para concebirlos, como ella misma me confesó cierto día.

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Bridges

Una de las ventajas que trae el laborar en más de un lugar es la facilidad de conocer más y diversas personas. Ello es lo que me ocurre en la universidad (¡Oh templo del saber!) donde trabajo. Mas la ventaja más saltante que tengo ahí es la ubicación de una de mis aulas y la vista que esta me ofrece. No es un panorama marino con su puesta de sol ni tampoco un prado verdísimo con riachuelos traviesos y saltarines; es el acceso visual a dos puentes entre pabellones, uno a nivel y el otro a varios metros desde el piso en el que me encuentro; ellos me permiten apreciar la joven belleza masculina de la población universitaria pujante y entusiasta que transita por ahí.

Desde que me instalo en el salón de clases, y durante la hora y media que dura mi sesión académica (especialmente en los cambios de turno), el puente a nivel trae a mi presencia rostros y cuerpos masculinos hermosos que se ven tan cerca que parecería que con sólo estirar la mano podría tocarlos. Envueltos en un aura de color y energía positiva, estos hermosos especímenes exhiben aún partes descubiertas de su cuerpo, cabellos y ojos donde se lee juventud y vigor, risa y salud, metas y perseverancia; todo conjugado en sonrisas al sol como en una mística ofrenda precolombina.

Del mismo modo, pero en plano contrapicado, el puente alto proporción a mi vista los más variados paquetes envueltos en jeans y bermudas de diversos colores y texturas. Son paquetes alegres y optimistas cuyos dueños son jóvenes universitarios que transitan con despreocupación de vuelta e ida  e ida y vuelta sin siquiera imaginar que un par de ojos lujuriosos los apetece un piso más abajo. Decenas y hasta cientos de una sola vez despiertan mi libido y proyectan mi mente a edenes donde la hoja de parra ha sido abolida.

 Son gollerías del oficio que puedo disfrutar en alto grado de exaltación mientras trabajo, deseando a veces tener la vista de rayos X de un súper héroe para poder ver más allá de lo evidente y tal vez de un salto lograr coger algún fruto maduro de esos que se muestran generosos a la vista.

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Un número 13 muy afortunado

Y los sigo contando. Hoy como cada año, coincidiendo con el Día del Trabajo, me toca una celebración muy personal, un aniversario más de mi arribo a esta ciudad de la que ya soy parte, piel y alma. Son trece años que contradicen cualquier superstición de mala suerte o fatalidad.

Podría decir que han sido los 4628 días más felices y fructíferos de mi vida, pues todos ellos me han servido para aprender de la vida y saber que sólo dentro de uno mismo radica el secreto para salir a flote y realizar los sueños que uno tanto anhela.

¡Que sean muchos más!

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