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El soberano y yo


Todo empezó con un correo inocuo en el que un ex alumno mío me pedía asesoría en la traducción de un documento que adjuntaría a su tesis para graduarse de abogado. Como tardé en responderle, me volvió a escribir disculpándose por si es que me estaba quitando tiempo y, con la petición de poderle recomendar alguna otra persona que lo pudiera hacer. Yo respondí este segundo correo con el documento que me había solicitado que, valgan verdades, había estado muy bien traducido cuando lo recibí y yo sólo le hice un par de cambios en algunas palabras como para justificar mi posición de “experto” en la materia.

No he mencionado que, en el primer correo, este mi ex pupilo me envió una foto suya para que lo “recordara”, mas en mi mente no habitaba su recuerdo; es más, procuré su nombre en el sistema de mi centro laboral para saber en qué año y qué nivel le había yo enseñado y me di con la sorpresa de que NUNCA fue mi alumno oficial. Posteriormente él me diría que yo reemplacé a una profesora suya y que, gracias a ello, fue que él pudo reconocer mis habilidades lingüísticas.

Luego él me dirigió otros correos agradeciéndome e insinuándome que me quería ver. Le sugerí una inocente salida a algún lugar público, mas me dijo que él no era de salir mucho y que prefería ir a alguna casa (no a la suya) a conversar y comer algo. La intención era clara: quería él venir a mi lar y quién sabe comer algo más que comida, ora hasta podría ser yo materia de su pasto. No me di por aludido ante esa indirecta tan directa y lo dejé pasar. Comentando el caso con un amigo, éste me dijo que tuviera cuidado, pues parecía tratarse de una trampa que me estaba haciendo mi centro de trabajo pues, al descubrirme involucrado “no académicamente” con un alumno de mi centro de enseñanza, me podían despedir.

La historia sigue así: ya casi habiendo olvidado al sujeto en cuestión, empecé a recibir sus llamadas a mi medio móvil de comunicación, en horas que yo me encontraba ya sea trabajando o indispuesto para responder. Al cabo de tres llamadas en oportunidades distintas, me apresuré a enviarle un correo de disculpas, argumentando pretextos absolutamente digeribles para una personalidad diplomo-hipócrita como somos todos. Dos días después me volvió a llamar y ahí sí le contesté.

Me dijo que acababa de leer mi correo y que en lugar de excusarme, podría yo haberle devuelto la llamada. En fin; me puso al tanto de las cosas que había estado haciendo en temas académicos y laborales y me dijo también que él era el soberano ganador de un concurso de carisma organizado todos los años por un estudiadero en el que él llevaba no sé qué curso. Y ¡Oh, casualidades! Yo había pasado hacía poco por un afiche en el que aparecía su sonrisa de gay disimulado junto al de su contraparte femenina, soberana también del evento.

A ese día siguieron mis pesquisas en internet de sus fotos y celebraciones. Lo examiné de pe a pa y me puse en todas las situaciones que pudieran pasar entre nosotros, evaluando esa sonrisa impostada e inventada por un concurso de carisma que ya quedó en una página volteada por sus sucesores. Esta historia continuará …

Categorías:Pessoal, Sociedad
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