Inicio > Sentimiento, Sexo > Santa Claus no quiso entrar por la chimenea esta vez (cuento de navidad)

Santa Claus no quiso entrar por la chimenea esta vez (cuento de navidad)


ImageMe habían invitado a una cena navideña en una casa que queda por los quintos infiernos, pero yo decliné, principalmente, porque la movilidad había quintuplicado sus precios y, además, la fecha y hora del ágape se prestaban para los actos vandálicos más pintorescos de la ciudad. Al final, por mi seguridad y economía, decidí cancelar mi asistencia mediante un cobarde mensaje de texto  (muy a mi estilo). Sin embargo, para no pasar solito esta fecha tan conmemorativa para varios, decidí emprender la búsqueda de algún galán que supiera atizar bien la hoguera navideña que ardía en mi interior. Fue así como eché mano de una página de perfiles, y me puse a revisar uno que había estado estudiando por largo tiempo. Por fin tomé la decisión de hablarle por Skype y quedamos que nos  hablaríamos en la noche para tomar algún licorcito inofensivo y brindar por la ocasión.

Llegada la hora, establecimos el contacto y le fui a dar el alcance al lugar donde le había indicado. Me sorprendió su atuendo: un polo manga cero (con capucha roja) que dejaba ver sus ejercitados brazos y un jean azul marino muy bien entallado a sus generosos glúteos y bien formados muslos. Una vez dentro de la casa, lo conduje a mi dormitorio, especialmente acondicionado con una mesa de madera en donde esperaban, ansiosas, dos botellas de licor heladitas y dos copas. No podía faltar la música oportuna: una estación radial seleccionada adrede con música bailable y actual para crear la atmósfera correcta y despertar los sentidos.

Empezamos por destapar una de las botellas y  servir las primeras copas. Los temas empezaron siendo triviales y generales, para después irse tornando más personales e inquisitivos. Ya la madrugada se apoderaba de nuestras mentes y, al finalizar la segunda botella de licor, y después de bromas y risas fruto de la ebriedad, me preguntó él si sabía bailar. Se puso de pie y me invitó a la improvisada pista, mas no pudo dar ni un paso más. El licor se agolpó en su cerebro y mi invitado sólo atinó a cerrar los ojos y tomarme de las manos. Nos abrazamos y, a poco, nuestras bocas se encontraron.Image

No tuve que hacerlo retroceder mucho para que cayera en la cama. Me acosté a su lado y mi diestra mano desabrochó en un santiamén su correa y el botón de su pantalón. En medio segundo me quité el polo y me quité el resto de la ropa. Lo desnudé también a él y, finalmente, me encaramé en él y fusioné mi piel con la suya. Mi lengua exploraba su titánico tórax  avanzando hacia abajo, y, en una vertiginosa maniobra, mis fauces se abrieron  para tomar posesión de aquella apetitosa presa que parecía adquirir dimensiones colosales dentro de la húmeda y succionante oscuridad.

Azuzada así su libido, él me envolvió con sus poderosos brazos en un apretón que casi destrozó mi estructura ósea; luego empezó a devorar mi cuello. Más al sur, el fuego de su sexo incendiaba los aledaños de mi área pudenda y yo, en medio de jadeos, rodeé su baja espalda con mis piernas para quedar en la posición exacta para una perfecta estocada. Mas ésta no ocurría. No ocurría y no ocurrió. Yo sentía su miembro empapado pasearse por los alrededores de mi trinchera pero no había ningún intento para consumar la incursión. Creí comprender, entonces, sus escrúpulos y le ofrecí un condón, mas él me dijo, con lenguaje medio entrecortado: “No … es nuestra primera cita … disculpa … no suelo entregarlo todo tan pronto … yo sólo quería abrazarte.”Image

Lo miré breves segundos con una mezcla de desconcierto y lástima, y él me siguió diciendo que todo había sido muy bonito: el conversar conmigo, el pasar todas esas horas charlando y riendo, y que él quería seguirme frecuentando, conociéndome más y haciéndose cada vez parte vital de mi existencia. Asentí con la cabeza y le di un abrazo. Me besó y se vistió; me pidió que lo acompañara a la puerta y accedí. Una vez en la puerta del departamento, me tomo las mejillas con sus dedos y me dio un último y tierno beso. “Te quiero ver siempre” – Me dijo” Y se fue.

La moraleja de esta historia es que, frecuentemente, Santa Claus decide castigar a los niños malos y no entra por su chimenea … hagamos todos méritos para que el próximo diciembre el hombre de rojo sí quiera conservar las tradiciones navideñas.

  1. Aún no hay comentarios.
  1. No trackbacks yet.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: