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Ese secreto que tienes conmigo

febrero 20, 2013 1 comentario

ImageLlegaba a veces a ser insoportable. Dimitri, el dueño de la casa donde vivo, alcohólico de profesión, no dejaba pasar semana virgen; cada dos días o tres, echaba mano de sus botellas vacías de cerveza y las canjeaba por otras llenas en la bodega más cercana. ¿El resultado? Dos o tres días de libación, primero con amigos y finalmente solo, hablando para sí, oyendo sus mismas canciones y evocando los mismos recuerdos de la madre o de los parientes que murieron por los efectos excesivos del alcohol.

Recientemente, y hacia el final de un período de resaca, me convocó en su sala para contarme lo mal que se sentía con el tipo de vida que estaba llevando: derroche de dinero en alcohol y otras cosas innecesarias, y el consabido resultado de resaca y culpabilidad. Me contó que en alguna etapa de su vida recurrió a la AAA y le sirvió mucho, pues llegó a estar más de un año alejado del alcohol, pero, por orgullo y autosuficiencia no fue constante y decidió dejar la terapia. Yo, brillantemente sugerí el retorno a la AAA pues estaba claro que sí funcionaba, a lo que Dimitri me dijo que sí, que sí estaba dispuesto a regresar con la condición de que yo lo acompañara en su visita de reencuentro con la asociación. Me pareció algo lógico y una forma de donar tiempo para que el universo me lo retribuya en algún otro momento, así que quedamos: el martes a las 6 de la tarde nos encontraríamos en la casa para enrumbarnos juntos al centro de la ciudad al local de la asociación.

Llegado el día, encontré a Dimitri temprano y le recordé acerca de nuestra cita. Me dijo que prefería ir solo porque el ir conmigo significaría estar condicionado. No refuté; simplemente estuve de acuerdo con él y me dirigí a mi departamento a decirme a mí mismo que el pobre beodo no saldría jamás de su prisión autoimpuesta. Esa misma noche, al regresar a casa, oí que estaba nuevamente tomando con sus amigos …

Botellón churroUna semana más tarde, pasaba yo las últimas horas de mi marchito domingo metido en la red, cuando empecé a sentir el olor de comida quemándose. Asumí que algún descuidado cocinero se había apartado mucho tiempo de su preparación, pero que, sin duda, volvería raudo al sentir el invasivo olor. Sin embargo, pasaban los minutos y el olor se hacía cada vez más y más severo, y parecía provenir de una cocina cercana. Se lo adjudiqué a unos vecinos, pero no descarté que fuera Dimitri que, habiéndose quedado dormido, hubiese dejado a su suerte la cena que iba a comer. Luego de un largo rato de cavilación, pude desprenderme del chat y aventurarme a bajar a sacar la basura a la calle. Al pasar por la cocina de Dimitri vi que estaba la puerta abierta y que había una olla en la cocina, quemándose. Al fondo y en el patio de lavandería, yacía Dimitri en el piso, inmóvil. Me apresuré en dejar la basura afuera y regresé rápido a socorrer al inconsciente hombre. Primero apagué la hornilla y luego me fui a tratar de despertar a Dimitri, quien estaba tirado en el piso en medio de vidrios rotos y basura. Sus ropas estaban muy sucias, como si se hubiera revolcado  por un basural. Traté de levantarlo y pude conseguir que se incorporara.

hombre-en-calzoncillosHabiéndose puesto en pie, lo llevé hasta su comedor y él, en el camino, se sacó la bermuda que llevaba puesta y se quedó en calzoncillos. Inmediatamente se acomodó en unas sillas que hicieron las veces de cama y siguió con su sueño de alcohol. Tras un rato de no saber qué hacer, fui hasta su dormitorio y vi que estaba la televisión prendida y muchos objetos en su cama, entre ellos un DVD player. Volví al comedor y logré que se levantara para llevarlo a su cuarto. Una vez ahí, saqué las cosas que había en su cama y lo ayudé a acostarse. Apagué el televisor y lo dejé acostado. Se había tapado con una sábana; consideré que mi labor benéfica había concluido y me dispuse a regresar a mi departamento.

Ya en el segundo piso, nuevamente conectado a internet, comenté el incidente a un amigo por el chat, y él me preguntó si yo, aprovechándome del estado en que se encontraba Dimitri, me había atrevido a hacerle tocamientos indebidos; respondí que no, pero fue entonces en que me asaltó un oscuro pensamiento … (continuará)

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¿¡Qué has hecho con tu vida, Bartolomééééé!?

julio 7, 2011 4 comentarios

Otrora diligentes y discretos, los modales de Bartolomé han tomado las de Villadiego y hasta él mismo no se reconoce en el espejo de sus recuerdos matutinos. Su vida simplemente ha dado un vuelco y ya va cabalgando una bestia que parece no poder controlar. Su fama se va extendiendo por toda la ciudad y ya los padres temerosos encierran a sus tiernos hijos bajo siete llaves para evitar que caigan en las fauces de tan temible vampiro.

Amo y señor de la juerga, inyecta a su sangre dosis descomunales de alcohol cada siete días, los mismos que ejercen el secreto truco de soltarle la trenza ante los atónitos ojos de sus conocidos, quienes lo veneraban como un correcto y carismático docente universitario. Ya tuvo sexo en el baño de una discoteca de moda, ya se paró en la avenida para ser interceptado, ya amaneció en la cama queen size de un estilista; sólo se espera que un día recapacite y pueda rescatar algo de su ya harapienta reputación.

Pero ¿Quién le insufló tal inquietud? ¿Quién fue su dechado de inmoralidad? ¿Qué turbias manías ha aprendido a imitar? Fue su gurú, fue él, su amigo por doce años; fue él, su antigua presa de carne blanca en una noche tinta de vino blanco. Maldito el maestro y maldito el aprendiz. Fue el ánimo de emular, de estar a la altura, de experimentar lo que lo llevó sin escala cien casillas adelante y sin pasar por Go! Ahora deambula por la noche, sediento de placer y no parece encontrar calma a sus sentidos.

¿Qué dirá su falaz entorno? ¿Qué comentarán sus rinoplásticas divas sabatinas, y sus gólmodis de chaqueta y coche del año? ¿Peligrará, acaso, su permanencia dentro de su turbia burbuja de apariencias? ¿Estará, talvez, cercano el día de su desalojo del círculo exclusivo de maniquíes nocturnos? El próximo capítulo se estará escribiendo este sábado en la discoteca de moda.

Cualquier parecido con algún personaje de mi entorno es pura casualidad.
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