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Posts Tagged ‘amor gay’

Sé que el amor llegará pronto … y yo estaré aquí esperándolo

abril 3, 2013 2 comentarios

ImageTodos los caminos llegan a Roma (si no, que lo diga el Piccolino), y si yo soy Roma, el amor encontrará su camino hacia mí por angas o por mangas en el momento más inesperado. Pero, ¿cuál está siendo mi actitud respecto al amor mientras tanto? Contacto gente nueva, preferentemente por la red y, cuando veo que las cosas van tomando color, inmediatamente sale mi instinto asesino y ¡pum! muerto el payaso; no permito que ni siquiera se acerquen a mí porque cualquiera de esas situaciones “huele a peligro” como diría la bigotona Hernández.

Antes tenía claro que, debido a mi coyuntura académica y laboral, era mejor amarrar los perros y esperar un tiempito más escondido entre los matorrales para, luego de ese período, poder hacerme a la mar nuevamente. Mas veo que el amor no está en mis planes. No es una ilusión. No lo veo con optimismo ni ahora ni después. Parece ser que tanta mala experiencia me curtió el pellejo del corazón; me dejó sin ganas, sin fuerzas. Tal vez en mi última relación invertí todas las reservas que tenía y ahora me encuentro en la peor bancarrota de mi historia sentimental.

Cabe resaltar, sin embargo, que esta actitud mía tiene un lado positivo, el protegerme contra posibles daños y desengaños. No Tiradoha pasado el suficiente tiempo en mi vida como para considerar un fracaso como “una raya más al tigre”; soy un ser humano y merezco ser feliz y estar tranquilo, alejado del sufrimiento. Además, mi tendencia a atarearme al extremo de la asfixia mantiene mi  mente ocupada y es sólo en momentos de quietud prolongada (como la dichosa semana santa que acaba de concluir) en que mis pensamientos se ocupan del tema y acude mi desvarío; luego, puedo decir que me mantengo estable y a flote.

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¿Chiste o experimento?

Hace un año tomé una decisión: no volverme a relacionar con nadie sentimentalmente, a fin de protegerme de otra devastadora decepción. A lo largo de estos doce meses, especialmente de los últimos cuatro o tres, he estado a punto de romper ese pacto conmigo mismo y dejarme llevar por algún espejismo que parecía llevarme otra vez a paraísos etéreos donde florecen las promesas y los sueños son una realidad palpitante. Una prueba fehaciente de ello son los hechos suscitados desde la madrugada del 1 de enero en los que parece no haber hilación entre episodio y episodio, pues mi coyuntural acompañante de monosilábico nombre hace su aparición a mi lado de rato en rato mientras yo viajo en piloto automático, dejando la verdadera responsabilidad del mando a un corazón encallecido incapaz ya de sensibilizarse por alguien.

Igual me da si sé o no de él; si vive sumergido en su Smartphone, o si su empresa lo envía a capacitaciones fuera de la ciudad; y siento cero remordimientos si al encender mi celular veo que tengo seis llamadas perdidas de él. Yo vivo mi vida y mi mundo sigue siendo mi mundo, no es el suyo; es más mío que nunca. No me asombraría el verme a mí mismo una noche adherido a un cuerpo distinto al suyo, pues mis compromisos carnales no han caducado y quedan como parte de la lealtad amical con quienes sí construí una vida real con afinidades concretas y palpables. En lo laboral, vivo mi vertiginosa vida feliz aunque tomando tiempo a crédito para que me alcancen todas las cosas que me he propuesto hacer. Y él sigue su camino, haciendo todo sin involucrarme, planificando su vida en el extranjero y sin siquiera preguntarme si yo estaré aquí esperando cuando el vuelva (si vuelve).

No me aterra despertar un día y saber que él no está más, pues nunca lo sentí presente y nunca se entretejió su sonrisa con la mía. Las cosas seguirán igual y mi horizonte siempre estará inalcanzable, y no será difícil chasquear los dedos y saber que he podido emerger de un sueño ligero que apenas recordaré alguna vez.

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Otra vez : con la luna y las estrellas a mis pies

enero 4, 2012 4 comentarios

No parecía que fuera a haber consecuencias trascendentes en aquel pequeño viaje. Sólo un par de días con un crío prácticamente desconocido y con coraza de hielo. Solamente caminar por unas calles norteñas, una noche de discoteca y un paseo por las playas de Pimentel;  nada relevante … aparentemente.

Tras un viaje algo incómodo de tres horas y media en bus, llegamos a la dizque capital de la Eterna Amistad y nos dispusimos a enrumbarnos al hotel donde siempre me alojo. Mala sorpresa tuvimos al ver que el lugar ya no existía. Entonces saqué una carta de debajo de la manga y mi memoria nos condujo a otra posada; maldita la hora. Llegamos y nos instalamos. Por turnos nos bañamos y después a comer una deliciosa pizza a la leña en mi lugar favorito, Chez Maggie, de la avenida Balta. Luego el objetivo principal: tomar un taxi e irnos a la discoteca, con el riesgo de que tampoco existiera más o, que, debido a la fecha, estuviese abarrotada de celebrantes y nos quedáramos a recibir el año en la calle. Menos mal que todo salió bien y llegamos a la discoteca justo a las doce de la noche. Después de recibir el “cotillón”, ingresamos al sombrío recinto y nos dimos el abrazo del nuevo año. Sentados a una mesita circular pedimos las primeras dos helenas que serían cómplices de lo que pasaría minutos después. La rala concurrencia nos observaba de cuando en vez, me imagino que porque todos ellos habrán visto mis perfiles en las páginas de búsqueda.

La música inundaba ya el lugar y nosotros conversábamos de diversos temas; con ganas de bailar, pero con temor a abandonar nuestra pequeña trinchera y que otros la tomaran en nuestra ausencia. Inesperadamente, las cebadas se multiplicaron por dos y ya la bulla no dejaba oír nuestra propia conversación, así que hubo la necesidad de acercarnos más y hablarnos al oído. Tras las palabras fueron las manos y, como colofón, los labios. Fueron hermosas las sensaciones: cálidos dedos, espinosas mejillas, hirsuto cabello. Los efectos del alcohol o la magia de la coyuntura pusieron marco de oro a la escena y fueron el punto de partida para que, ya terminada la bebida, nos lanzáramos al ruedo e hiciéramos propios los ritmos que nos regalaban.

Terminada la velada, y ya con la luz del día en nuestros ojos, nos fuimos a guardar a nuestra temporal guarida para, de una vez por todas, desatar un deseo oculto y alimentar el desenfreno de nuestras pasiones. No era igual que otras veces ¡no señores!, esta entrega era distinta; este acto tenía alma y, al terminar, hubo abrazo, hubo mirada, hubo silencio que soldaba un suspiro en un rincón de la madrugada para darnos una gran noticia luego al despertar. Y nuevamente me bajaron los astros del cielo para contemplarlos juntos ¿otra? eternidad.

Guardianes de mi corazón

Después de haber intentado una vez más apostar por la felicidad al lado de alguien y haber recibido al final una decepción más (si no la peor), era menester hacer algo por el pedazo de carne achicharrada que me quedó en el pecho. No podía dejarlo más a la intemperie o a merced de cualquier ente carnicero que le pudiera hincar el diente haciéndolo sangrar más, así que resolví construir una muralla inexpugnable alrededor de él y tomar los carísimos servicios de sendos centinelas duchos en el oficio de resguardar objetos de valor; y los resultados obtenidos hasta hoy han sido los esperados.

El primero de los custodios es mi orgullo, quien vigila los exteriores. Encargado de decidir la altura de la muralla: mientras más alta, mejor, así nadie podrá jamás llegar al borde e intentar saltar al interior. Mi suficiencia tiene también bajo su responsabilidad la densidad de la fortaleza, pues el espesor es capaz de impedir la permeabilidad de una palabra cariñosa, promesa o una mirada tierna … todas chocarían contra la inexpugnabilidad y se harían trizas en cualquier intento de conquista.

El segundo vigilante es el recuerdo. Él resguarda los interiores y es quien me habla todos los días acerca del sacrificio invertido en jornadas pasadas y me muestra la factura en lágrimas que he tenido que pagar todo este tiempo. Mis memorias me aconsejan que tenga siempre en cuenta que no sirven de mucho los años o la experiencia, pues siempre el dolor es nuevo y crea anticuerpos que el olvido no sabe destruir.

Ambos celadores trabajan 24 horas al día y han sabido neutralizar todas las posibles amenazas que me han rondado en los últimos meses. Mas tengo un gran temor; mi corazón aún corre peligro, aún puede quedar al descubierto y sufrir un nuevo revés. A pesar de que estos mis fieles vasallos han batallado en sendas guerras y salido victoriosos de muchas de ellas, ellos tienen una adversaria ante la cual son capaces de bajar la cerviz y deponer las armas, pues sienten, en lo más profundo, que son hijos carnales de ella y que le deben su existencia, y, como caballeros leales que son, nunca sacrificarían sus valores de llegar el momento de enfrentarla. Sé que se rendirán al verla llegar, pues es la más terrible de todas … la cruel y fría soledad.

Sollozos de una noche de invierno

En una noche de navajas de frío y humedad, fluyen mis memorias; en contraste, mis lágrimas brotan calientes y queman mis mejillas. Entonces me doy cuenta que es cierto, tú sigues ocupando ese lugar vital en mí y nadie te lo ha quitado, no importa cuánto vuelva mi mirada al exterior; no interesa en cuántos cuerpos me enrede en más de mil noches; no influye que ice el pabellón de mi independencia cada mañana. No. Tú sigues ahí.

Canciones me dicen que uno sabe cuándo el amor fue verdadero y cuánto se añora un regreso; me recuerdan que ellas fueron el vehículo que nos transportó al principio a esa aventura que se inició tan promisoria. Cómo olvidar cada promesa y cada peldaño que subimos juntos para alcanzar nuestras metas.

Regresemos a esta tramo de la carretera en que se truncó nuestro camino; apeémonos del dolor y retiremos la prohibición de pase; quizá ya exista una calzada asfaltada y llana para proseguir por la senda que nos propusimos y que aún espera por nosotros.

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Crecer a la sombra de un amor pasado

julio 31, 2011 7 comentarios

Qué difícil es entrar a la vida de otra persona cuando sus recuerdos amorosos recientes aún persisten. Es sentir que cualquier cosa  que se haga o se diga va a ser comparada con ese ser que protagonizó momentos imperecederos y claves en la vida de nuestro nuevo amor. Es verlo continuamente naufragar en las penumbras de la memoria, seguramente evocando algún capítulo inolvidable al que se aferra con todas sus fuerzas.

¿Qué hacer? ¿Abandonar la lucha y dejar a nuestro amor perderse a la deriva de sus sueños rotos? ¿O emprender la titánica tarea de construir un nuevo fortín donde no puedan penetrar las flechas de su nostalgia? Es un costo muy alto,  un anhelo casi estéril.  ¿Habrá alguien dispuesto a pagarlo?

Vivir en la penumbra de un amor que nos antecedió es golpearnos la frente una y otra vez contra una barrera, casi infranqueable, de la que sólo podremos escapar siguiendo el rastro de nuestra propia sangre vertida en el intento de revertir ese sombrío destino.

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Todos los jueves, todos

Aún recuerdo la noche que me llamaste y me dijiste que me habías comprado un regalo. Me aclaraste que no se trataba de algo demasiado ostentoso ni caro, sino que era algo sencillo, pero que me iba a gustar. Yo te respondí que cualquier cosa que viniera de tus manos sería bienvenida, pues valoraba tu intención al manifestarte a través de un bonito detalle. Cuando esa noche nos vimos después de nuestras respectivas jornadas laborales, extrajiste de tu maletín una bolsa transparente conteniendo dos macetitas con primorosas plantas en miniatura. “¡Son bonsai!”– exclamaste- Te repliqué que la inversión habría sido alta, pues los árboles enanos cuestan una fortuna. Al explicarme tú que no había sido muy alto el precio, pude entender que habías sido víctima de algún embustero que te había dado gato por liebre. En fin, la intención era buena y te agradecí infinitamente el obsequio.

Los arbolitos se quedaron en la mazmorra de tu madre un par de días. No tuve la iniciativa siquiera de sacarlos de su bolsa ni de regarlos. Tuve un ataque de indiferencia, creo; o talvez fue la percepción anticipada de que en pocas horas tendríamos la última pelea de nuestra relación, aquélla que pondría de manifiesto todo tu hartazgo y repudio acumulado hacia mí. En dicho altercado, entre otras cosas, me sacaste en cara que yo había dejado tus arbolitos abandonados y que ni siquiera había cuidado de ellos, ni los había traído a nuestro departamento. Me dijiste que cada vez que los veías en la cocina de tu madre, experimentabas un dolor profundo que ya te sabía a adiós. Poco tiempo después recapacité y los traje a la ya enrarecida atmósfera de nuestro hogar en donde adornan desde entonces la ventana de la cocina con su penacho verde intenso. Te prometí que cuidaría de ellos y que los regaría cada jueves con la ayuda de un bolito rojo que compré especialmente para ese propósito.

Y así como te lo prometí, no ha faltado un solo jueves desde aquella vez, en que yo no tome cuidadosamente las dos plantitas y las rocíe generosamente con el agua del bolito. Es ése talvez el recuerdo más vivo de aquel sentimiento que existió por un tiempo lozano y  finalmente se marchitó por haber sido cortadas sus raíces.

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