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Switch off: cuando la vida no da para más

¿Quién tiene derecho a decidir sobre la propia vida si no es uno mismo? ¿O debemos esperar, acaso, que un ser superior haga su voluntad sobre nosotros y señale la fecha y hora precisas para nuestra partida? Éste es el dilema que se plantean a diario miles de pacientes terminales quienes viven horas de suplicio en la etapa final de sus vidas, sin la mínima esperanza de que la ciencia pueda hacer algo por ellos. Quienes son creyentes se encomiendan a su dios y ven a través del dolor un maravilloso camino para llegar a la gloria eterna; mas esa hora no llega y los desahuciados tienen que tolerar períodos de dolor inacabables e inhumanos, todo por seguir sus preceptos morales o porque los familiares más cercanos no quieren dejarlos partir todavía.

No obstante, no se toma en cuenta que cada hora o día en que se prolonga la vida del desdichado ser humano, las cuentas del hospital crecen por el espacio que el paciente ocupa y por el tratamiento que supone mantenerlo con vida. Además, la incertidumbre de los seres queridos es una variable constante pues, esa vida, quiéranlo o no, está extinguiendo su llama ante sus ojos día a día y es una pesadilla que tienen que soñar despiertos.

Peter Smedley, británico de 71 años y multimillonario hotelero, era consciente de su propio mal (neuronal) y también del que le causaba a sus familiares quienes lo veían sufrir cada día, y decidió, en diciembre del año pasado, terminar con su propia vida por medio de la eutanasia en una clínica suiza que realiza estas prácticas desde el año 1997. Inclusive se hizo filmar en el preciso instante en que toma barbitúricos para, segundos más tarde, morir en presencia de dos mujeres, una de ellas su esposa. Talvez este hombre quiso documentar su muerte para dar mostrar que se puede elegir la hora de despegarse de este mundo, si es que las circunstancias lo ameritan. De este modo, queda demostrado que, aunque el recuerdo de la muerte súbita sea muy punzante, no lo será tanto comparado al martirio que significaría prolongar una vida innecesariamente.

¿Quién fue el verdadero demonio?

El mundo ha sido conmovido por dos tremendos hechos en estos últimos días: el primero, la beatificación de ex Papa Juan Pablo II y el segundo, el asesinato de Osama Bin Laden, uno de los enemigos públicos más acérrimos del gobierno de los Estados Unidos.

El primer evento se realizó por la mera razón de que una monja francesa refirió que se había curado del mal de Parkinson después de haber orado a Juan Pablo II; hecho que se sumó a la lista como último de los requisitos para que el antecesor de Ratzinger fuera elevado a la categoría de beato. Nada más absurdo, si el atribuir a alguien el habernos curado de una enfermedad de la noche a la mañana convirtiera a la gente en beata habría más santos en el mundo que asesinos en el gobierno norteamericano, empezando por nuestras propias madres y terminando por nuestros médicos de cabecera. Ahora se espera un milagro más para que el polaco sea elevado a la categoría de santo; a ver con qué nos salen la próxima vez.

Y no vaya a ser que tomen en serio las desafortunadas palabras del presidente peruano Alan García, quien se refirió al asesinato de Osama Bin Laden como un milagro del ex pontífice. En efecto, a pocas horas de que el mundo católico se regocijara con la elevación a los altares de su líder fallecido (¿por eutanasia?) hace seis años, el gobierno de Estados Unidos daba una noticia: Osama Bin Laden había sido muerto por medio de un ataque aéreo que destruyó su escondite en Pakistán. Las víctimas de uno de los atentados más monstruosos en la historia de la humanidad (9/11) se alzaron en vítores y llanto aclamando el feliz deceso de tan funesto personaje.

Pero hay que ver que la pobre gente ignorante goza por el asesinato de un ser humano al que un país atribuyó la destrucción de las torres gemelas, hecho que fue en realidad planificado por George Bush y su sistema de inteligencia nacional. Ellos, con la potestad que aún les asiste, muestran los hechos como se les antoja y condenan a la hoguera a quien se les cruce en el camino, o a quien no quiera ceder su riqueza petrolera por las buenas. Y es que los últimos presidentes del país del águila calva se han empecinado en exterminar a cuanto líder medio oriental se ha alzado entre la muchedumbre, y nos ha hecho creer que su raza es maldita y quiere la destrucción del mundo, principalmente, porque son fanáticos religiosos.

Estos hechos nos llevan a una reflexión: el poder lleva al ser humano a manipular hechos y multitudes, a hacer uso de la muerte como herramienta de trabajo para lograr, por un  lado, la gloria, y por otro, la supremacía del liderazgo en el único escenario que realmente les importa, el mundo material.

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