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La nave que me transporta al Reino de Morfeo

Queda mi alcoba en un altillo al que conduce una escalera. Cada noche asciendo la pendiente con suciedad de sueño en el rostro, pero con alegría porque es ya la hora. Hora de abandonarme a la nada, hora de olvidarme que soy humano y pagar a la naturaleza con mi ser el tributo por estar vivo.

Cada noche me despido de la vigilia mientras cuento esos peldaños. Me detengo en alguno y levanto la mano para hacer adiós a mi mundo material, a los miles de habitantes que me sintonizan cada día y a los que viven mis peripecias como en una popularísima telenovela setentera. Y cierro la puerta tras de mí con un alegría inmensa: la de por fin poder volver a vivir luego de un día de muerte constante.

Y es la nave, aquella nave de sueño, amor y sexo, la que me nutre de pasado y de futuro, la que tatúa en mí tantas historias oníricas y reales; tantas vivencias que resetean mi cerebro cada mañana para enfrentar la vida otra vez cada que vuelvo a abrir la puerta para volver a descender.

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En mis cuarteles de invierno y esperando la primavera

septiembre 18, 2011 Deja un comentario

Definitivamente puedo decir que éste es uno de los inviernos más crueles que me ha tocado vivir en esta otrora ciudad de la Eterna Primavera. Pensé, antes de mis vacaciones, que los todavía días soleados de ese entonces nos acompañarían durante todo el mes de setiembre, pero me equivoqué; el clima nos ha dado con palo y el sol apenas si se ha asomado uno que otro día por algunas horas después del medio día, para después dar paso al viento helado y humedad de la noche-madrugada. Estas condiciones, más mi necesidad de adaptarme a mi nueva rutina de dos trabajos y un diplomado, me han hecho apartarme un poco de mi mundo real y virtual, pues la variable estos quince días ha sido dormir-trabajar-dormir-comer-estudiar-dormir-trabajar-dormir, sin tiempo siquiera para hincar el diente en algún trozo de carne joven y jugosa.

Mas, por otro lado, me felicito por la decisión de haber aceptado un segundo empleo pues, aun cuando no me reporta aún buenos resultados económicos, el cambio me ha hecho reavivar mi entusiasmo por trabajar; gracias a él puedo salir cada tarde mientras aún hay luz natural afuera y ver gente, casas y carros en mi trayecto mientras me desplazo a pie de una urbanización a otra. A pesar de terminar a veces mi jornada bien entrada la noche, es muy placentero abordar el bullicioso transporte público que me traerá de vuelta a mi dulce hogar. El levantarme casi de madrugada para enrumbarme a mi antiguo centro de labores ya no significa ningún sacrificio, pues sé, que, hora y media más tarde, volveré a encontrarme con Morfeo y otra vez dormir, trabajar, dormir, comer, estudiar, dormir, trabajar y dormir. No hay mucho (¿ninguno?) tiempo para la diversión, mas metabolizo las responsabilidades en entretenimiento y así mantengo mi equilibrio.

Soy consciente de que esta etapa es sólo de adaptación y que en pocos días habré encontrado el medio a través del cual pueda reinsertarme en los mundos que suelo habitar y que por nada deberé dejar.

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