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Posts Tagged ‘nostalgia’

La partida de un viejo amigo

abril 8, 2013 3 comentarios

doshombresdndoseunabrazif3Al leer una noticia sobre el fin de la Era Messenger, me llegan a la mente muchos momentos trascendentales en mi vida. Obviamente, para quienes han nacido en la generación Facebook estas nostalgias serán incomprendidas e inexplicables, ya que su página actual les facilita la comunicación en tiempo real y el poder compartir sus fotos y estados de ánimo en cada instante de sus vidas (especialmente a aquellos que lo usan desde un dispositivo móvil).

Remontándonos un poco en el tiempo, luego de la revolución iniciada por ciertos sitios web que proveían de una forma de comunicación escrita e interactiva en tiempo real (por ejemplo: El Chat o MIRC), las cualidades user-friendly del Messenger tomaron posesión de las preferencias de los cibernautas. Empezaron así millones de relaciones virtuales entre usuarios de todo el mundo, yendo desde un vínculo de amistad hasta los cyber romances que se pusieron tan de moda en la década de los 90. En esos años, era muy común oír decir a los jóvenes: “tengo mi cyber novio (a). Páginas posteriores como Yahoo! emularon al Messenger de Hotmail, compitiendo en preferencias gracias a sus características, como “llamadas de voz” o “llamadas de vídeo” .

Debo confesar que, gracias al Messenger de Hotmail, pasé innumerables horas (especialmente nocturnas) hablando y soñando con seudo príncipes azules o MSNamigos que conocía de otras latitudes. De más está decir que también logré estrechar mis lazos familiares cuando mi ubicación geográfica se movió muchos kilómetros al norte de los míos.

Desde hoy, probablemente, no tendremos más a aquel amigo representado por dos íconos (uno celeste y el otro verde) tipo “peoncitos de ajedrez”, quien pasará a la historia como el responsable de muchas horas de conversación y esparcimiento. MSN, te vamos a extrañar.

Adiós, amado verano

marzo 21, 2012 2 comentarios

Hube de soportar largos y penosos meses esperando su arribo y, cuando por fin lo tuve a mi lado, despojé mis carnes de sus vestiduras para mostrarle mi piel carente de amor e invitarlo a besarla toda. Me hizo suyo cada mañana recordándome a cada instante el pacto de posesión que había hecho conmigo y, en las noches, su temperatura sofocante bañaba mi cuerpo en jadeante transpiración.

Muchos aborrecían su presencia por considerarlo un invasor, mas yo, para mis adentros, disfrutaba cada hora de su resplandor  y bendecía el color que daba a mi vida y el rigor con que trataba a los demás hombres, obligándolos a razón de látigo a mostrar partes generosas de su  virilidad para deleite y alimento de mis sentidos.

Sin embargo, ahora él se va y me deja a mi suerte otra vez. No más correré dichoso la cortina para verle ni me envolveré en él en sueños; no más sentiré su feroz penetración en cada poro de mi cuerpo haciendo partir mi mente en viajes a mundos avatares y maravillosos. Habré de esperarlo  nueve meses otra vez, con la ilusión con la que se espera a un niño y con la lujuria con la que se espera a un amante.

Aquela casa simples

diciembre 27, 2011 Deja un comentario

Más de 365 días hubieron de transcurrir para que mis pies se volvieran a posar en la piel de la gran Lima. La hiperactiva y desaforada ciudad me recibió apenas rota el alba del 26 de diciembre. Con gran algarabía de mis progenitores disfrutamos del desayuno de aquel día y de las pocas novedades que había entre nosotros ya que, gracias a la tecnología, la comunicación regular es bastante fluida y compartimos mucho nuestras voces y pensamientos.

Tristemente, pasado el regocijo del reencuentro y ya a solas con mi madre, me volvieron a abordar todas aquellas sensaciones que me embargaban en mis años de adolescencia y temprana juventud; toda esa melcocha púrpura que embadurnaba mis alas y hacía imposible mi vuelo; todo aquel gas letal dulcemente dosificado que paralizaba mi cerebro y mi voluntad. Me volví a sentir triste, desesperanzado, nostálgico, impotente … sin horizonte. La dulce venda cubrió mis ojos y no pude ver; no pude ver. Mi voz murió en mi garganta y desaprendí mis ganas de gritar.

Bailaron en mi mente los eternos años de clausura; la terrible lucha por mantener en mi memoria la existencia de un sol. Las marcas de uñas en las amarillas paredes y las húmedas flores de aliento en las lunas de las ventanas me reconocieron una tarde destilada. Reparé en que un día la cordura me visitó y me señaló la puerta y me extendió un pasaje hacia la redención de mi alma.

No volvería, no. No aceptaría más un destino como ése. Mis días son serenos ahora, y las voces que acompañan mi presente no estrujan mi corazón ni le cambian el color. Soy feliz aquí y hoy. Éste es mi lugar y aquí me voy a quedar.

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Nostalgias de un Virreynato fugaz

diciembre 4, 2011 2 comentarios

Cuando me pongo a recordar todo lo que significó mi arribo a esta ciudad, la que ahora mira desde lo alto mi pacífico y anónimo transcurrir, me invade cierta perdida emoción, emoción de un tiempo de fugaz gloria y protagonismo involuntarios, pero inolvidables.

Llegué a este pedazo de norte peruano en 1999 con una posición muy importante dentro de una empresa centenaria, pilar de las comunicaciones en la región, y  mi llegada fue antecedida por grandes expectativas que, modestia aparte, fueron desbordadas el día de mi arribo. Muchas féminas de mi entorno laboral me mostraron su desinteresada adhesión, y los caballeros presentes hincaron su voluntades a mi merced. Por la naturaleza de mi posición y lo conservadora de la arquitectura que rodeaba mi centro laboral, creé en secreto un auto apelativo que se hacía evidente en mi dirección de correo electrónico, pues me sentía tuerto gobernador de un pequeño pueblo de invidentes que tenían en sus mentes el fosilizado pensamiento de que la apariencia física es factor de supremacía entre los humanos. Era yo algo así como un dios Naylamp llegado a través de las aguas a quien todos recibían con gran curiosidad y admiración.

No tardaron en llegar las invitaciones a eventos públicos y privados en los que abundaba la comida, el licor y las mujeres. Los bailes al son de bandas y orquestas formaban parte de la agenda obligada de mi investidura. Grandes restaurantes caros y exclusivos me abrían sus puertas para formar parte imprescindible de eventos como coronaciones de soberanas locales y sus respectivas proclamaciones públicas. Muy pronto se tejieron historias entre esas reinas de belleza locales y yo; las fotos en el diario hablaban de un limeño que había venido a alborotar la hasta hace poco plácida ciudad de la eterna primavera. Hasta que, de tanto ir el cántaro a la fuente se rompió. Fue acaso en mi primera borrachera, en la celebración de un cumpleaños, en que mi naturaleza emergió desenfadada y quise repetidas veces besar a la fuerza a un cortesano presente en la fiesta. Pocos recuerdos válidos quedan de aquella noche. Sin embargo, el silencio fiero y leal de mis subordinados no permitió dar el calificativo de dantesco a semejante incendio.

Muchas migajas de recuerdo quedan de aquella época. Son mendrugos que suelo exhumar cada vez que llega a mis oídos alguna melodía que hizo estremecer mi cuerpo en ese entonces. Canciones como la que adjunto logran la magia de dar un chispazo de alegría húmeda a mis ojos, remontándome automáticamente al momento en el que dejé de ser capitalino.

Todo lo que tengo que hacer es irme de aquí

octubre 16, 2011 5 comentarios

Ya ha pasado casi un año y todavía me acuerdo de él. Sé que suena a cantaleta, pero mis sueños y ensoñaciones se ven a menudo provocados porque encuentro alguna de sus pertenencias en algún cajón, o recuerdo cuando comíamos o dormíamos juntos en el departamento que actualmente habito.

Apenas terminó nuestra relación tuve el impulso de buscar otro lugar para no seguir evocando momentos compartidos en este nuestro ex espacio común; pero me contuve. Me dije a mí mismo que no debía precipitarme porque el despecho es mal consejero; además, el beodo que me alquila este lar me propuso rebajarme la renta a cambio de que me quedara porque “estaba contento conmigo”. A pesar de este beneficio, varias han sido las veces en que he estado a punto de tomar una nueva opción de vivienda, pero mis dudas para tomar una decisión no permitieron que fuese yo el elegido para habitar nuevos hogares.

En la actualidad, ya con el corazón ansioso por nuevos cobijos, me frena la idea de seguir aquí, de continuar llamándolo con la mente e imaginarlo otra vez a mi lado. Pienso que talvez nunca pueda llegar a olvidarlo totalmente, pero en definitiva, el desocupar este sitio (tan cercano a la mazmorra de mi suegra) me regalará un suspiro de alivio y un boleto hacia una liberación de todo lo que significó ese período de convivencia. Es hora de empezar ya a empacar y dejar el pasado atrás … de una vez por todas.

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Sollozos de una noche de invierno

En una noche de navajas de frío y humedad, fluyen mis memorias; en contraste, mis lágrimas brotan calientes y queman mis mejillas. Entonces me doy cuenta que es cierto, tú sigues ocupando ese lugar vital en mí y nadie te lo ha quitado, no importa cuánto vuelva mi mirada al exterior; no interesa en cuántos cuerpos me enrede en más de mil noches; no influye que ice el pabellón de mi independencia cada mañana. No. Tú sigues ahí.

Canciones me dicen que uno sabe cuándo el amor fue verdadero y cuánto se añora un regreso; me recuerdan que ellas fueron el vehículo que nos transportó al principio a esa aventura que se inició tan promisoria. Cómo olvidar cada promesa y cada peldaño que subimos juntos para alcanzar nuestras metas.

Regresemos a esta tramo de la carretera en que se truncó nuestro camino; apeémonos del dolor y retiremos la prohibición de pase; quizá ya exista una calzada asfaltada y llana para proseguir por la senda que nos propusimos y que aún espera por nosotros.

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Todos los jueves, todos

Aún recuerdo la noche que me llamaste y me dijiste que me habías comprado un regalo. Me aclaraste que no se trataba de algo demasiado ostentoso ni caro, sino que era algo sencillo, pero que me iba a gustar. Yo te respondí que cualquier cosa que viniera de tus manos sería bienvenida, pues valoraba tu intención al manifestarte a través de un bonito detalle. Cuando esa noche nos vimos después de nuestras respectivas jornadas laborales, extrajiste de tu maletín una bolsa transparente conteniendo dos macetitas con primorosas plantas en miniatura. “¡Son bonsai!”– exclamaste- Te repliqué que la inversión habría sido alta, pues los árboles enanos cuestan una fortuna. Al explicarme tú que no había sido muy alto el precio, pude entender que habías sido víctima de algún embustero que te había dado gato por liebre. En fin, la intención era buena y te agradecí infinitamente el obsequio.

Los arbolitos se quedaron en la mazmorra de tu madre un par de días. No tuve la iniciativa siquiera de sacarlos de su bolsa ni de regarlos. Tuve un ataque de indiferencia, creo; o talvez fue la percepción anticipada de que en pocas horas tendríamos la última pelea de nuestra relación, aquélla que pondría de manifiesto todo tu hartazgo y repudio acumulado hacia mí. En dicho altercado, entre otras cosas, me sacaste en cara que yo había dejado tus arbolitos abandonados y que ni siquiera había cuidado de ellos, ni los había traído a nuestro departamento. Me dijiste que cada vez que los veías en la cocina de tu madre, experimentabas un dolor profundo que ya te sabía a adiós. Poco tiempo después recapacité y los traje a la ya enrarecida atmósfera de nuestro hogar en donde adornan desde entonces la ventana de la cocina con su penacho verde intenso. Te prometí que cuidaría de ellos y que los regaría cada jueves con la ayuda de un bolito rojo que compré especialmente para ese propósito.

Y así como te lo prometí, no ha faltado un solo jueves desde aquella vez, en que yo no tome cuidadosamente las dos plantitas y las rocíe generosamente con el agua del bolito. Es ése talvez el recuerdo más vivo de aquel sentimiento que existió por un tiempo lozano y  finalmente se marchitó por haber sido cortadas sus raíces.

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