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Posts Tagged ‘orgullo’

Mi orgullo, mi maldito orgullo

Nació conmigo y crecimos juntos como siameses pegados por la cabeza; no era posible virar a ningún lado sin tener que cargar con él … siempre presente, siempre incondicional.  A pesar del inmenso peso que significaba llevarlo a cuestas (pero con sus espuelas picándome salvajemente), logré llegar a la cima de la montaña y permanecer en ella casi la totalidad de mi existencia. Desde arriba el paisaje es maravilloso: he podido contemplar valles y ríos, ciudades enteras, grupos humanos desplazándose inteligentes en sus medios y otros, menos afortunados, apoltronados como borregos en algún corral. He extendido los brazos y cerrado los ojos. Una sensación de oxígeno puro entra  por mis fosas nasales y el viento helado  acaricia mis mejillas.

He bebido denso y negro odio;  he esperado (a veces infinitamente) que mis “enemigos” se postren humillados ante mí para rogarme perdón y yo, de un puntapié, empujarlos al abismo. He ignorado muestras de afecto, desde despreciar el dulce ofrecido por el padre en la infancia, hasta recibir el beso de la madre en la adultez.

Y ahora, sólo ahora que he conseguido despajaritarme de tanta rémora que por ratos colgaba de mí, siento ese inmenso forado en mi pecho en el que sólo quedan los ecos de voces que me acompañaron en tiempos de paraísos fugaces. Fluye por dentro la lava ardiente del anhelo y la necesidad, mas mi siamés leal y eterno la acalla y escarcha.

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Guardianes de mi corazón

Después de haber intentado una vez más apostar por la felicidad al lado de alguien y haber recibido al final una decepción más (si no la peor), era menester hacer algo por el pedazo de carne achicharrada que me quedó en el pecho. No podía dejarlo más a la intemperie o a merced de cualquier ente carnicero que le pudiera hincar el diente haciéndolo sangrar más, así que resolví construir una muralla inexpugnable alrededor de él y tomar los carísimos servicios de sendos centinelas duchos en el oficio de resguardar objetos de valor; y los resultados obtenidos hasta hoy han sido los esperados.

El primero de los custodios es mi orgullo, quien vigila los exteriores. Encargado de decidir la altura de la muralla: mientras más alta, mejor, así nadie podrá jamás llegar al borde e intentar saltar al interior. Mi suficiencia tiene también bajo su responsabilidad la densidad de la fortaleza, pues el espesor es capaz de impedir la permeabilidad de una palabra cariñosa, promesa o una mirada tierna … todas chocarían contra la inexpugnabilidad y se harían trizas en cualquier intento de conquista.

El segundo vigilante es el recuerdo. Él resguarda los interiores y es quien me habla todos los días acerca del sacrificio invertido en jornadas pasadas y me muestra la factura en lágrimas que he tenido que pagar todo este tiempo. Mis memorias me aconsejan que tenga siempre en cuenta que no sirven de mucho los años o la experiencia, pues siempre el dolor es nuevo y crea anticuerpos que el olvido no sabe destruir.

Ambos celadores trabajan 24 horas al día y han sabido neutralizar todas las posibles amenazas que me han rondado en los últimos meses. Mas tengo un gran temor; mi corazón aún corre peligro, aún puede quedar al descubierto y sufrir un nuevo revés. A pesar de que estos mis fieles vasallos han batallado en sendas guerras y salido victoriosos de muchas de ellas, ellos tienen una adversaria ante la cual son capaces de bajar la cerviz y deponer las armas, pues sienten, en lo más profundo, que son hijos carnales de ella y que le deben su existencia, y, como caballeros leales que son, nunca sacrificarían sus valores de llegar el momento de enfrentarla. Sé que se rendirán al verla llegar, pues es la más terrible de todas … la cruel y fría soledad.

¿Te someterías a una terapia sicológica por amor?

julio 29, 2011 2 comentarios

Después del fracaso de una relación es muy común echar la culpa al otro del mal término; que si no me comprendió, que si me mintió, que si no me toleraba, que si arrastraba muchos fantasmas del pasado, etc. Todo con el único afán de quedar uno mismo como la santa víctima y mártir de las injusticias del ex, y contar a los amigos lo desafortunados que somos en el amor porque “una vez más” nos volvimos a equivocar.

¿Qué hay de cierto en esto? Sobre todo cuando después rasgamos nuestras carnes evocando infinitamente los buenos momentos y las innumerables y hermosas experiencias que pasamos en pareja. Es más, nuestro mejor amigo, a quien recurrimos como primera instancia como paño de lágrimas para contarle acerca de nuestra ruptura, es precisamente ahora quien nos escucha mencionar al ex en cuanta conversación tengamos, pues cada tema y cada cosa que hagamos trae un recuerdo suyo. Entonces ¿No todo fue malo? Y si es así ¿Por qué terminamos? Si todo era tan bonito, y los momentos de crisis eran sólo unos cuantos ¿No hubiera valido la pena buscar otro tipo de ayuda?

Es totalmente común en otros países el recurrir a un sicólogo (o siquiatra) en cualquier momento de la vida para solicitar un consejo o una guía antes de cualquier paso que se quiera dar. Es útil y muy necesario tener cerca a un profesional de la mente durante todas las etapas del desarrollo humano, ya que el bienestar sicológico es tan importante como el físico. Nuestra cultura no lo fomenta; sólo nos preocupamos de los males externos y solicitamos medicina, tratamiento o cirugía a nuestro médico de cabecera cuando ello ocurre; mas, cuando algún mal del “alma” nos aqueja, quedamos tan mal parados que somos capaces hasta de suicidarnos, porque ir al terapeuta es cosa de locos y nosotros ¿no lo estamos?

Y, finalmente, si nuestro romance tenía cosas rescatables, y no dejaron de asomarse por ahí frases como “te amaré por siempre” o “eres el amor de mi vida”, ¿Por qué es que lo dejamos ir? ¿Por qué no fuimos capaces de recurrir a alguien del exterior que nos lo pudiera ayudar a rescatar? ¿Qué pasó con la ayuda profesional, no estaba en nuestro directorio telefónico? ¿Nos creímos tan omnipotentes como para poder resolver un tema tan delicado con nuestras propias y torpes manos? ¿Pudo tanto nuestro orgullo como para decir que podíamos echar al agua el 50% de nuestro ser y seguir caminando después como si nada?

¿Merecen nuestros amores ser tirados a la basura cuando se terminan?

Más que el dolor mismo de la ruptura está la certeza de que nunca más podremos compartir nuestra vida con esa persona que se alejó. Orbitan alrededor de nuestra cabeza todos los momentos en común de entrega y sacrificio, todos los esfuerzos por construir una vida que sería felizmente duradera por los años de los años. Pasado el tiempo y disipada la niebla sólo queda en nuestra lengua el ácido amargo del desengaño y confusión: ¿Dónde quedó todo lo bueno que hicimos? ¿A dónde fue toda la energía que nos impulsaba a seguir ambos por un mismo objetivo: el bienestar de los dos?

¿Se fue todo al botadero?

¿Es hoy válido y legal volver a coincidir en un espacio físico y ni siquiera quererse mirar a los ojos? ¿Qué cobertura de excremento nos llegó a envolver que ya hasta la mera presencia del otro genera repulsión? ¿Qué soldadura de soberbia selló nuestros ojos para no permitir salir ni una huérfana lágrima de añoranza? ¿Qué tipo de parálisis terminal atacó nuestros brazos para no poder alzarse en dirección del otro buscando un contacto reconciliador? Es que en esto del desamor no hay camino válido. Si tomas tu derecha, te reembarcas en una vorágine de odio-amor-odio que te deja peor parado que la primera vez que terminaste; y, si tomas la izquierda, te subes a una alfombra voladora que te llevará en servicio económico a presenciar la panorámica de un corazón destruido con las heridas todavía fétidas y humeantes.

Sólo queda cerrar los ojos y anhelar que un efecto mariposa nos haga deshacer el pasado y nos lleve nuevamente al punto de poder decidir si lo que tenemos al frente y a punto de empezar es lo que realmente nos encaminará por rumbo auspicioso… pero eso es sólo una quimera, un sueño irrealizable.

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