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Posts Tagged ‘sexo gay’

¿Quién dice que el sexo arruina la amistad?

diciembre 24, 2011 2 comentarios

En mis ya no tan recurrentes exploraciones por las páginas de encuentros gays, me he chocado con individuos que dicen no buscar sexo, a pesar de tener perfiles con fotos más que insinuantes y una lista de preferencias sexuales dignas del Kamasutra gay. Esto es contradictorio, pues las mencionadas páginas son un supermercado de la carne y quien tiene una cuenta ahí y se conecta alguna vez es porque está buscando sexo; no hay otra explicación. Quienes digan que están buscando a su “Príncipe Azul” o a “un gran amigo” están pecando de ingenuos, o nos han visto la cara de estúpidos.

Varias personas extraídas de esas páginas, una vez agregadas a mi lista de contactos, me han despertado cierto interés que, al ir en aumento, ha originado que les llegue a cursar irreverentes proposiciones. Sin embargo, en algunas ocasiones, he recibido respuestas como que sólo quieren conversar o que les caigo tan bien que tener sexo nos haría perder la “hermosa amistad” que tenemos. Para mis adentros he reído de semejantes sandeces o hasta me ha fluido la bilis por la incapacidad de estas personas de poder, con sinceridad, decir cuáles son los verdaderos motivos de su rechazo. Y cuando se trata de hablar con pasivos, la imaginación es una cualidad de la que muchos adolecen. Argumentan que “pan con pan no pega” o que lo que ellos buscan es un hombre “de verdad”. En realidad, por mi cabeza no pasa una justificación ante tal falta de neuronas, pues las alternativas sobran. No sólo la penetración es el objetivo, pues existen otras maneras de interrelacionarse íntimamente, como por ejemplo, caricias, besos, sexo oral, o, por último, una inopinada pero contundente “sentada” en el regazo del otro.

En lo personal, he cultivado amistades verdaderas y transparentes en las que han ocurrido memorables episodios de sexo, y ello no ha menguado en nada la lealtad, solidaridad y complicidad con mis amigos; muy por el contrario, hemos reforzado los vínculos amicales y he demostrado que el ser amigo significa estar ahí precisamente cuando el otro te necesita.

Finalmente, he llegado a una conclusión. No se trata de exceso de prejuicios o demasiados escrúpulos. Cuando te dicen que al tener sexo contigo “arruinarían” la hermosa amistad que tienen contigo porque les caes de ptm; no es sino otra manera de decir que no eres su tipo de hombre y que, con tu permiso, seguirán buscando en ese supermercado de la carne llamado página de encuentros.

Más allá de las caricias paternales

septiembre 28, 2011 17 comentarios

Se les ha llamado de todo: criminales, monstruos, sátiros, demonios y hasta desalmados. Estamos hablando de aquel género humano que siente atracción sexual hacia menores de edad. Muchos de ellos, miembros del clero, gozan de la inmunidad que les da su condición de religiosos, y tantas veces han sido encubiertos por las altas autoridades eclesiásticas o derivados a diócesis lejanas donde puedan perderse en el olvido y continuar concretando sus depravadas fantasía sexuales. Otros, menos afortunados que los sacerdotes, los ciudadanos de a pie, han sido capturados y severamente castigados por la ley, purgando largos años de condena en sendos calabozos.

Todo lo mencionado anteriormente cae en la categorización de la pedofilia criminal, que consiste en obligar al menor de edad (no necesariamente sanguíneamente vinculado con el agresor) a tener sexo, causándole severas lesiones físicas y mentales, con consecuencias a veces irreversibles.

Sin embargo, existe otro tipo de casos que merece atención aparte. Se trata de aquellos hombres que, simplemente, seducen a sus menores hijos y llegan a entablar una relación sentimental y sexual plenamente consentida por el menor. He tenido acceso a material audiovisual en el que se aprecia a padres e hijos disfrutando plenamente del sexo sin que en ello medie la amenaza, el temor o la violencia; es la curiosidad del niño la que finalmente se transformó en complicidad para dar paso a la aceptación del requerimiento paterno. Padres e hijos disfrutan de juegos eróticos en los que se despliega ternura y aceptación, para dar paso, finalmente, a la penetración del niño por parte de su progenitor. Y aquí no cabe la palabra violación porque bien se sabe que el ser humano, en cualquier etapa de su camino hacia la adultez, tiene impulsos sexuales latentes, los mismos que esta sociedad se ha empeñado en sofocar por considerarlos exclusivos de la edad madura. Bajo esta visión, podría entonces  esbozarse la teoría de que el infante ya crece con un aspecto de la vida a su favor; el haber sido iniciado en la vida sexual por su propio padre, con todo el cariño y paciencia que el aprendizaje requiere.

Y es aquí donde irrumpe la pregunta ¿Tiene derecho un padre a disfrutar de su hijo de manera total y trascendente a través del sexo, o simplemente debería condenarse estos individuos por considerarlos desadaptados e invasores de la intimidad de su prole? Ustedes tienen la respuesta.

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Cariño prestado

agosto 10, 2011 3 comentarios

Haciendo buen uso del tiempo del que dispongo estos días, me aventuro a echar mis redes al ancho mar y ver qué especímenes puedo saborear cada vez. Los consigo de todo tipo: jóvenes, maduros, altos, bajos, altos, bajos, delgados, gruesos, blancos, trigueños, dotados, maniceros, machitos, maniquíes de discoteca, etc., etc., etc.  Y cada cual demuestra su arte y estilo entre las cuatro paredes de mi habitación.

Sin embargo, y a pesar de la diversidad de hombres con la que interactúo, casi siempre se mantiene una constante: el cuidado y afecto que ellos ponen en cada encuentro. Aún si es la primera vez o ya un “reincidente”, el calor y cariño que despliegan en el sexo es un sello que marca mi piel en brasas. Me siento envuelto en una vorágine de pasiones desbocadas, pues hasta aquél que tenga rostro de niño y modales de cortesano, se vuelve un león en mi cama cuando nuestras lenguas hacen contacto. Se vuelve agonía cada minuto en que su cuerpo se enmaraña con el mío; nuestras mejillas se lijan sin piedad y nuestras narices interpretan un concierto de respiraciones entrecortadas y gemidos, el lecho se convierte en una atalaya que ya parece querer despegar por los duros embates que se dan sobre ella tras el galope fiero y desnudo de dos guerreros fundidos en un solo sudor. La incursión de su artillería en mi trinchera corona el acto con un despliegue de fuegos artificiales en toda la bóveda celeste, y el disparo blanco de su arma negra señala la capitulación del  combate y consiguiente rendición de los prisioneros.

Así sucede cada vez, y así continuará sucediendo. Se abren puertas, ya de madrugada, y acompaño a mi embajador de turno a emprender su periplo de retorno, muy agradecido, pero apenado de que todo lo acabado de vivir no haya sido más que el resultado de un momento de arrebato y sentimientos prestados. No me queda nada, todo se evapora en quimeras y cuestionamientos vacíos … será hasta la próxima vez.

Una cuestión de confianza

junio 12, 2011 3 comentarios

Frecuentemente me preguntan quienes encuentran mi perfil en las páginas de búsqueda, por qué pongo “no sé” en mi estatus de VIH, y yo les digo porque es la verdad, porque no sé cuál será mi estatus, como seguramente no lo deben saber la inmensa mayoría de gays (aún ésos que ponen en su estatus “negativo”). Y es que nadie puede negar el carácter de ruleta rusa de una relación sexual, y los que se amparan en su permanente uso del condón para decir que están “sanos” están pecando de ignorantes. Yo sé, porque estoy lo suficientemente grandecito, y no lo puedo estar más, que en temas de coito, sólo la abstinencia garantiza 100% el no infectarse con alguna ETS o VIH y dudo mucho que haya gente que, con esa premisa, deje de entregarse a un momento de placer.

Sin embargo, a mi modo de ver, en esta vida, el tema de la entrega total a veces amerita enfrentar los riesgos que significa el quedar contagiado de alguno de estos males y condenarse en vida a un deterioro gradual (o vertiginoso) con la consiguiente muerte. En cuestiones de pareja sentimental la confianza ejerce un rol preponderante en la conducta sexual; es como un compromiso conyugal en el que ninguno de los dos va a amarrar al otro en una silla y torturarlo para que se haga una prueba de Elisa o le confiese cuándo fue que tuvo la última relación sexual de alto riesgo. Desde mi punto de vista, dos que se embarcan en la causa común del amor son libres de elegir la protección a la hora del sexo o ponerse en los ojos la venda de la confianza y esperar que esa decisión no empañe nunca su futuro y/o felicidad.

Sé que algunos dirán que hay que poner por delante la responsabilidad y no perder la cabeza, y que la vida es más importante que cualquier momento de calentura; mas yo les diré que si yo acepto una relación estable, confío, y si la persona se hace frecuente, confío, y que sólo recurriré al condón si se trata de alguien a quien nunca antes he visto.

Sé que juego a la ruleta rusa y mucho, y ha habido veces en que me ha asaltado la preocupación, pero es parte de la vida, y sé que en algún punto de mi existencia, lejano o cercano, me espera una prueba de Elisa, que será como la redención o el fuego eterno, y en ese acto sólo habrá un responsable y protagonista: Yo.

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Never mature enough

junio 2, 2011 3 comentarios

They say it is improbable you make the same mistake twice if you are old enough to “use your head”; that is simply bullshit! Age is not a guarantee of avoiding things you did in the past; what’s more, it enables you to do things with all the knowledge of the consequences they might bring. For example, you have been warned a million times to use a condom when you have sex. Probably, as a young kid, you freaked out whenever you had sex even with a condom on, because you were inexperienced or you had been told horrifying things about AIDS or other STIs. Then, after each intercourse, all your concerns prevented you from sleeping or developing a normal life because the fright of being infected would follow you as a shadow.

Later, as an adult, you keep the warning in mind but you learn to “trust” words, especially from those who become your love partners or permanent sex buddies. Perhaps the HIV test doesn’t take part of your habits, but you keep a record of the risky and not risky sexual experiences you’ve been through throughout your life. After that, having used a condom for a while, you decide to surrender to passion without protection because you decide you and that guy you have above you deserve it, and there comes it again: “I did it bareback, oh my God!”

To the ones who have run into a situation like this I would say, never regret about what you have done. If you did it, you cannot take it back, and if you did it, it was because you wanted to do it, because you felt you were ready, and because you were sure there was no risk. Even if you are middle aged and you were supposed to protect yourself but you didn’t, don’t feel bad, it was worth it! Probably next time you will have more time to make a different decision.

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Es ley de pasivo

mayo 13, 2011 6 comentarios

Hace un par de días contacté a un muchachito de 24 años y lo cité para un encuentro. Al concluir nuestro intercambio, me contó que él había empezado en “esto” como pasivo y que ahora prefería ser versátil porque una vez probó y le pareció muy placentero. Me refirió que cuando más joven (¿más?) había tenido parejas mucho mayores que él y que a veces el desempeñar el rol de pasivo le había causado ciertos inconvenientes como que si no debía comer mucho antes del sexo, o evacuar previamente, o, por último tener que esperar a que su compañero termine ya porque la fricción dentro de su ano se estaba tornando insoportable. Otra razón que adujo es que, ya que la naturaleza no lo había provisto de gran centimetraje, había preferido dar la espalda en un principio y afrontar otra realidad.

Yo lo escuchaba y, en la penumbra del cuarto, esbozaba una sonrisa de casi compasión. Este niño había pensado que la vida de un pasivo es fácil y que siempre que lo penetraran le sería sencillo alcanzar el orgasmo. Le expliqué que el ano no es un órgano sexual como la vagina, y por lo tanto, no tiene la “obligación” de proporcionarnos placer. Es cierto que hay muchas terminaciones nerviosas en esa zona y que podemos llegar a tener una estimulación muy agradable con ciertos tocamientos o hasta con sutiles introducciones; pero un pasivo se forja a fuerza de temple y resistencia. Productos como los lubricantes nos pueden ayudar a recibir un miembro con menor dificultad, pero, aun si hemos dilatado bastante, si la presa de nuestro menú es de proporciones orangutánicas, lo que tendrá que prevalecer es la resistencia y nuestras ganas de llegar hasta el final. Nuestro gran enemigo en esta batalla es el condón, pues, por más que el látex sea de muy fino espesor, el ritmo de la penetración hace que finalmente se pierda la lubricación y que empiecen las molestias. Desafortunadamente, necesitamos de esta forma de precaución, sobre todo si lo hacemos con un desconocido.

Y es que ser pasivo requiere sacrificios y tenacidad, por ello es que algunos activos dicen que buscan “un pasivo aguantador”, pues no les habrá faltado aquéllos que tiran la toalla a mitad de camino porque no han aprendido que, como dicen los gringos, “no pain, no gain” .

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La vida después de la eyaculación

Ocurre que, a veces, en el cúmulo de la excitación, buscamos el goce a cualquier precio, pero ¿qué ocurre después de que encontramos la vía de desfogue y damos rienda suelta a la libido? Me ha ocurrido que, estando en pareja, la situación es volver al lecho y brindar ternura al consorte a manera de retribución por el grato momento vivido juntos, pero, lo más común es terminar el acto y darse cuenta de que quien está al otro lado de la cama es simplemente … un extraño.

En un reciente encuentro, mi punto de turno me propinó una cabalgata tan satisfactoria que me confirmé que la diferencia de edades no cuenta cuando de placer se trata. Al haber terminado el coito en forma simultánea, yacimos uno al lado del otro a recuperarnos un poco de la energía invertida en el proceso y, de paso, iniciar nuestras acostumbradas tertulias post sexo que pueden durar dos o tres horas. Al final de la charla, el mozuelo se puso cariñoso conmigo y se encaramó en mí otra vez, abrazándome y llenándome de besos dignos de sus tiernos años. Yo, por mi parte, trataba de corresponderle pero era evidente mi posición: mi interés hacia él había descendido a niveles frigoríficos y más bien era como un estorbo.

Algo similar me ocurrió anoche cuando un parroquiano (que está en lista de espera ya por varios meses), me quiso mostrar por web cam cuán ansioso estaba de un encuentro conmigo. Así que, luego de establecido el contacto visual, procedió a bajarse el pantalón, la truza, y desenvainar su arma letal, blandiéndola desafiante de un lado al otro. Acto seguido, se empezó a estimular con la mano hasta llegar al término de la escena, punto en el que sin mediar palabra, apagó la imagen y cerró la ventana de diálogo.

¿Qué suerte de animales somos los hombres que nos encendemos como bola de fuego y ardemos a mil por hora para después caer en el más profundo y gélido abismo? ¿Qué gran instinto misterioso nos asiste, en caso de los heterosexuales, con fines meramente reproductivos para luego abandonar al fruto de nuestro germen en la más remota amnesia? La respuesta talvez esté en algún paraje desierto de nuestras mentes y ni siquiera nosotros mismos seamos capaces de hallarla.

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