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Posts Tagged ‘Trujillo’

Un número 13 muy afortunado

Y los sigo contando. Hoy como cada año, coincidiendo con el Día del Trabajo, me toca una celebración muy personal, un aniversario más de mi arribo a esta ciudad de la que ya soy parte, piel y alma. Son trece años que contradicen cualquier superstición de mala suerte o fatalidad.

Podría decir que han sido los 4628 días más felices y fructíferos de mi vida, pues todos ellos me han servido para aprender de la vida y saber que sólo dentro de uno mismo radica el secreto para salir a flote y realizar los sueños que uno tanto anhela.

¡Que sean muchos más!

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Nostalgias de un Virreynato fugaz

diciembre 4, 2011 2 comentarios

Cuando me pongo a recordar todo lo que significó mi arribo a esta ciudad, la que ahora mira desde lo alto mi pacífico y anónimo transcurrir, me invade cierta perdida emoción, emoción de un tiempo de fugaz gloria y protagonismo involuntarios, pero inolvidables.

Llegué a este pedazo de norte peruano en 1999 con una posición muy importante dentro de una empresa centenaria, pilar de las comunicaciones en la región, y  mi llegada fue antecedida por grandes expectativas que, modestia aparte, fueron desbordadas el día de mi arribo. Muchas féminas de mi entorno laboral me mostraron su desinteresada adhesión, y los caballeros presentes hincaron su voluntades a mi merced. Por la naturaleza de mi posición y lo conservadora de la arquitectura que rodeaba mi centro laboral, creé en secreto un auto apelativo que se hacía evidente en mi dirección de correo electrónico, pues me sentía tuerto gobernador de un pequeño pueblo de invidentes que tenían en sus mentes el fosilizado pensamiento de que la apariencia física es factor de supremacía entre los humanos. Era yo algo así como un dios Naylamp llegado a través de las aguas a quien todos recibían con gran curiosidad y admiración.

No tardaron en llegar las invitaciones a eventos públicos y privados en los que abundaba la comida, el licor y las mujeres. Los bailes al son de bandas y orquestas formaban parte de la agenda obligada de mi investidura. Grandes restaurantes caros y exclusivos me abrían sus puertas para formar parte imprescindible de eventos como coronaciones de soberanas locales y sus respectivas proclamaciones públicas. Muy pronto se tejieron historias entre esas reinas de belleza locales y yo; las fotos en el diario hablaban de un limeño que había venido a alborotar la hasta hace poco plácida ciudad de la eterna primavera. Hasta que, de tanto ir el cántaro a la fuente se rompió. Fue acaso en mi primera borrachera, en la celebración de un cumpleaños, en que mi naturaleza emergió desenfadada y quise repetidas veces besar a la fuerza a un cortesano presente en la fiesta. Pocos recuerdos válidos quedan de aquella noche. Sin embargo, el silencio fiero y leal de mis subordinados no permitió dar el calificativo de dantesco a semejante incendio.

Muchas migajas de recuerdo quedan de aquella época. Son mendrugos que suelo exhumar cada vez que llega a mis oídos alguna melodía que hizo estremecer mi cuerpo en ese entonces. Canciones como la que adjunto logran la magia de dar un chispazo de alegría húmeda a mis ojos, remontándome automáticamente al momento en el que dejé de ser capitalino.

Cuando la tradición deviene en huachafería

octubre 2, 2011 4 comentarios

Yo vivo muy agradecido y enamorado de la ciudad que desde hace doce años me acoge en su seno. Es aquí donde me he sentido renacer y es aquí donde verdaderamente encontré mi razón de vivir (y talvez, donde quisiera morir). Sin embargo, si hay algo malo que tengo que subrayar lo voy a hacer, y será solamente en honor a la objetividad. Me referiré pues, al infaltable y tradicional corso primaveral que “adorna” la ciudad todos los años por estas fechas.

Cuando recién llegado, me llamaba la atención la aglomeración de la gente en la avenida principal del centro de la ciudad; ¿el motivo? Un desfile de carros alegóricos en los que, en la mayoría de casos, una señorita finamente ataviada saludaba y mandaba besitos a la concurrencia. Más atrás, una banda de músicos amenizaba el evento y, de tramo en tramo, gringas ligeramente vestidas, movían el bastón y hacían piruetas entre las muestras de júbilo del público amontonado alrededor. Como quiera que cada año el espectáculo era básicamente el mismo, mi interés por asistir decayó, y ni qué decir que los días que coincidía con mi jornada laboral era lo último que me hubiera motivado a ver. A pesar de toda mi indiferencia, el año pasado se me pudo ver en primera fila espectando el show flanqueado por mi ex novio y por mi suegra, quienes no descuidaron el  reservar cuatro sillas (una para el abuelo también) de las que la gente oportunista que vive en los aledaños alquila a todo lo largo de la avenida España.

Pero resulta que este corso no es lo único que identifica a mi ciudad en esta época del año; es sólo el broche de oro con el que se cierran

S.M. Mengana I

las celebraciones organizadas por el Club de Leones. Ellos, muy preocupados por dar a los trujillanos un bonito inicio de primavera, auspician y promueven una serie de ceremonias de coronación para las reinas que presidirán los eventos. Las afortunadas soberanas, cuyos nombres reales siempre son “Fulana I o Sutana I”, aun cuando la(s) anterior(es) reinas hayan tenido exactamente el mismo nombre que ellas, sólo deben cumplir el requisito de tener un padre lo suficientemente acaudalado para que pueda pagar las fiestas de presentación en sociedad de su hija, la presentación a la prensa, los viajes, la ropa y el carro alegórico en el que su engreída será exhibida en el día central de la efeméride.

No vamos a menospreciar el colorido y diseño de los carros, pues, más allá de sólo lucirse para el pueblo, el corso es un concurso en el que el carro ganador se hará acreedor de un trofeo otorgado por el Club de Leones (“El León de Oro”) y un suculento premio en efectivo. Mas, por otro lado, lo patético de la fiesta es la vergüenza que dan algunos de nuestros conciudadanos cuando ven pasar a las blondas bastoneras. Como si nunca hubieran visto a alguien de otra cultura, muchas de las mujeres que están mirando el desfile (especialmente las que vienen de zonas marginales de la ciudad), interrumpen el paso de las “waripolas” para tomarse una foto con ellas o, lo que es peor, les entregan al bebé que llevan en brazos para inmortalizar una instantánea con la desconcertada norteamericana. Quienes no hacen esto, por pudor o porque no tienen bebé al cual retratar, se dedican a comprar cuanto producto al paso se ofrezca: algodón dulce, alfeñique, popcorn, picarones, anticuchos, etc., para luego dejar, al final del desfile, la avenida sembrada de desperdicios de todo tipo. Hay quienes también gozan su corso propio, bolsiqueando a los ciudadanos, o, con gran discreción, ofreciendo sus servicios sexuales; pero todo es parte del gran entusiasmo que significa para los trujillanos la llegada de la primavera.

Je t’aime Trujillo

Hoy, hace doce años llegué a esta ciudad para cubrir un importante puesto de trabajo. Había pedido licencia de un mes en mi centro de labores en Lima, pero creo que el traer tanto equipaje conmigo era como una premonición.

Permanecí en aquella empresa un año, después del cual, decidí establecer mi propia empresa y luego conseguir otro empleo más por horas para poder pagar los gastos fijos. Luego, mis objetivos fueron cambiando, y aquel trabajo eventual se fue tornando en el empleo principal al que más tarde, dedicaría casi la totalidad de mi estado de vigilia. Por ello, mis actividades como empresario pasaron a un segundo plano.

En el plano sentimental he conocido el amor y el desamor y he concluido que la soledad es el precio de la independencia y que por ello hay que saber llevarse bien con ella. Mas, cuando no ha llenado el amor mi corazón, mi cuerpo no se ha privado del ardiente contacto de otras pieles y he llegado a todos los planos a los que mis sentidos me han querido llevar.

A pesar de no haber nacido aquí, me siento un trujillano más, pues en esta ciudad proclamé mi verdadera independencia y logré conquistar aspectos en mi vida que nunca hubiera podido si me quedaba en la ciudad capital. Siento, a cada paso, el latir de este pueblo en mi pecho propio y remo en el mismo sentido que lo hacen mis hermanos nacidos aquí.

Trujillo es el amor que nunca me ha traicionado y el que estará siempre a mi lado, en las buenas y en las malas; es el compañero de vida que siempre soñé y en cuyo seno me gustaría dormir cuando la vida, al final del camino, cierre mis ojos.

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