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Posts Tagged ‘universidad’

Bridges

Una de las ventajas que trae el laborar en más de un lugar es la facilidad de conocer más y diversas personas. Ello es lo que me ocurre en la universidad (¡Oh templo del saber!) donde trabajo. Mas la ventaja más saltante que tengo ahí es la ubicación de una de mis aulas y la vista que esta me ofrece. No es un panorama marino con su puesta de sol ni tampoco un prado verdísimo con riachuelos traviesos y saltarines; es el acceso visual a dos puentes entre pabellones, uno a nivel y el otro a varios metros desde el piso en el que me encuentro; ellos me permiten apreciar la joven belleza masculina de la población universitaria pujante y entusiasta que transita por ahí.

Desde que me instalo en el salón de clases, y durante la hora y media que dura mi sesión académica (especialmente en los cambios de turno), el puente a nivel trae a mi presencia rostros y cuerpos masculinos hermosos que se ven tan cerca que parecería que con sólo estirar la mano podría tocarlos. Envueltos en un aura de color y energía positiva, estos hermosos especímenes exhiben aún partes descubiertas de su cuerpo, cabellos y ojos donde se lee juventud y vigor, risa y salud, metas y perseverancia; todo conjugado en sonrisas al sol como en una mística ofrenda precolombina.

Del mismo modo, pero en plano contrapicado, el puente alto proporción a mi vista los más variados paquetes envueltos en jeans y bermudas de diversos colores y texturas. Son paquetes alegres y optimistas cuyos dueños son jóvenes universitarios que transitan con despreocupación de vuelta e ida  e ida y vuelta sin siquiera imaginar que un par de ojos lujuriosos los apetece un piso más abajo. Decenas y hasta cientos de una sola vez despiertan mi libido y proyectan mi mente a edenes donde la hoja de parra ha sido abolida.

 Son gollerías del oficio que puedo disfrutar en alto grado de exaltación mientras trabajo, deseando a veces tener la vista de rayos X de un súper héroe para poder ver más allá de lo evidente y tal vez de un salto lograr coger algún fruto maduro de esos que se muestran generosos a la vista.

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Francotiradores

Se apuestan en los pisos altos de los pabellones para fulminar a todo inofensivo y tardío universitario que hace su ingreso al alma máter. Sus miradas son como arcabuces que disparan a matar sin pedir santo y seña. Es preciso a veces caminar de espaldas so riesgo mínimo de quedar convertido en estatua sal, pues estas medusas madrugadoras se ubican en sus posiciones desde tempranas horas para no perderse la aparición de uno solo y poderlo ver transformado en piedra.

Son estas almas solitarias, de arco y flecha, barbita y anteojos, cabeza rapada y pectorales prominentes, quienes trasladan su actitud  de conquista de una noche discotequera al campus de una universidad, convirtiéndola en campo minado.

Hay que andarse con cuidado con ellos, pues un solo impacto de esas miradas puede costarle a uno la vida y hacer virar con violencia toda intención primigenia que nos llevó a volvernos a internar en el templo del saber.

Cosa de locos

febrero 5, 2012 3 comentarios

Corría el año 1986 y mi vida post escolar iba a la deriva, ora por mi desinterés, ora por mi maldita rebeldía . Para ese año ya iba en mi tercera o cuarta (y última) postulación a una universidad, sin tener el menor augurio de éxito. Un padre frustrado y una madre lacrimosa miraban con desolación cómo su primer vástago se perdía en el remolino de don-nadieísmo y perdían ya las esperanzas y preguntábanse a diario (como muchos otros padres) “¿en qué fallamos, Dios mío?” La presente introducción no tiene por objeto autosacarme los trapitos de aquella época sin identidad y pre descubrimiento gay, sino situar el contexto cronológico de algo que viene después; algo que tiene que ver con el vídeo adjunto: “Estar en la universidad” del recordado grupo peruano “Royal Institution Orchestra (RIO)”. Yo solía ubicar esta canción de moda en la radiola de mi casa para que todo el mundo, especialmente mis padres, oyeran lo que yo pensaba de sus planes universitarios para conmigo.

“Estar en la universidad”, reza el coro, y yo agrego, talvez demasiado prematuramente, “es una cosa de locos”. Yo nunca estuve en una antes, pero si lo hubiera estado, creo que no lo hubiera resistido; hubiera pateado el tablero en menos de un semestre. Hace poco tomé la decisión de iniciar una carrera en una universidad privada muy conocida de esta mi ciudad. El solo hecho de saberme dentro de un campus universitario labrando un nuevo futuro profesional me puso la carne de gallina; no cabía en mi pellejo de gozo y anunciaba a los cuatro vientos mi sabia decisión. Recibí felicitaciones familiares y amicales y pensé que sería lo mío, que no habría dificultades y que, por ser un programa especial para adultos, me trataría con cariño y consideración. ¡Cuánto me equivoqué! Por ahora sólo me preocupa un curso pues el otro es algo que se complementa innatamente con mis habilidades para el lenguaje, pero aún así, tengo que invertir buenas dosis de mi tiempo casi extinto para poder salir a flote con dignidad.

Lo bueno de esta etapa es el roce social y el regocijo de mis ojos. Puedo ver hombres adultos en flor, no solamente en mi propia aula (donde ya puse el ojo a más de un par) sino también, y sobre todo, en el vecindario de aulas y demás ambientes del campus. Sólo está pendiente alguna mirada que responda una señal de la mía; algún pez que muerda mi carnada y esté dispuesto a sumergirse en temas temporalmente ajenos a lo académico, pero que sirvan – cómo no – para lograr el tan necesario y merecido equilibrio entre la mente y el cuerpo, entre el alma y la carne. ¡Oh, universidad!

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